Borrador 2 · 30 capítulos · 35,794 palabras
Primera persona. Trabajo en curso, generado desde prose/.
Capítulo
La clase de remedial era de ocho a nueve, en el salón chico del segundo piso, el que tiene alfombra. Éramos cinco. Los cinco de chats o de correos, y a los cinco nos había dicho la de RH lo mismo, que teníamos dos semanas para pasar una llamada con Calidad y que si no, hasta ahí. Yo llevaba nueve días.
De nueve a seis estoy en chats, en la tres. Son tres ventanas al mismo tiempo, y para eso sí me alcanza, porque escribiendo hay tiempo de buscar la palabra.
Las primeras dos semanas son de fondo. Trabajas los catorce días y ese dinero se queda guardado hasta que te vas. Lo dijeron el primer día. Firmamos. Ese martes traía los diez pesos del camión de regreso y nada más. Los otros diez ya iban en el de ida.
El edificio tiene puerta de vidrio y un señor que te la abre si traes el gafete. Adentro está frío. Yo llegaba del camión con la camisa pegada y me quedaba parado un rato en el lobby, junto al aire, hasta que se secaba, y luego subía.
Miss Ollie llegaba antes que nosotros. Ya tenía el guion en la mesa, una copia para cada quien, y su termo. El termo era de ella, de su casa. Escribía tres cosas en el pizarrón todos los días, las mismas, y las dejaba ahí toda la hora.
Trust the script. Service attitude. Control the call with your tone of voice.
Es de Memphis. Lo dijo el primer día y lo volvió a decir cuando la de la doce le preguntó si era de Los Ángeles. Tiene once años en Baja, en Rosarito, y dice que su español sigue siendo trash. Lo dice en inglés. Todo lo dice en inglés menos gracias y ahorita.
Ese día empezó con el de correos. El de correos lee bien pero lee como correo, todo seguido, sin bajar en ningún lado. Miss Ollie lo dejó terminar y le dijo que otra vez, y que ahora la señora de la línea acababa de perder a su perro.
"¿Su perro, miss?"
"Her dog. Same words, baby. Go."
Lo leyó otra vez. No cambió ninguna palabra y salió distinto, y ella dijo that's it, y él se sentó.
Luego la de la doce. La de la doce escribe en chats más rápido que todos, la he visto, pero en voz se le va. Leyó dos líneas y paró.
"Es que en el chat sí puedo, miss. En voz me da pena."
"Then read it like you're not embarrassed. You don't have to not be embarrassed. You just have to sound like it."
La de la doce lo leyó otra vez. Le salió más o menos. Miss Ollie le dijo good y la dejó sentarse.
El de la cinco, que es de correos también y casi no habla, preguntó desde su silla.
"¿Y el lunes cuántas llamadas, miss?"
"One, baby. One is plenty."
El de la cinco dijo okay y ya no preguntó más.
Yo iba después. No había desayunado. Traía el estómago haciendo ruido desde el camión, y en el camión no se oye, pero en el salón chico se oye todo.
Me paré con el guion. Es la página tres, la de bienvenida, la que dice thank you for calling, my name is, and I'll be happy to help you today. En el sistema soy Steve. Lo puso la de RH el primer día, dijo que el mío no se iba a entender del otro lado. La de RH tiene también el permiso, el que firmó mi mamá en la ventanilla, porque tengo diecisiete. Empecé. Iba en my name is cuando sonó el estómago. Sonó fuerte. Seguí. Dije Steve, dije and I'll be happy to help you today y sonó otra vez, más largo, y el de correos se rió por la nariz y la de la doce lo volteó a ver, y yo terminé la línea y me quedé parado con la hoja porque no sabía si ya me sentaba o qué.
Miss Ollie no dijo nada del ruido. Dijo que happy to help me había salido plano y que la señora no me iba a creer, y que otra vez desde my name is. La leí otra vez. Me dijo okay. No dijo good. Me senté.
A las ocho y media dijo break, five minutes, y salió. Los demás se fueron al baño o al pasillo. Yo me quedé, porque en el pasillo está la máquina y no traía para la máquina.
Regresó con dos vasos de la máquina. Puso uno enfrente de mí con tres sobres de azúcar y se sentó en su lugar con el otro.
"Drink that, baby."
Le dije thank you y ella dijo mm-hm y abrió su carpeta.
Le puse los tres sobres. Estaba caliente y me lo tomé rápido y me quemé la lengua y me lo seguí tomando, y con el azúcar el estómago se calló un rato. Me lo acabé antes de que regresaran los demás.
En la segunda media hora hizo lo del tono. Lo hace todos los días. Agarra una línea cualquiera, esa vez fue I understand your frustration, y la dice tres veces. Una como si estuviera enojada. Una como si estuviera aburrida. Una como si de verdad. Es la misma línea. Después la dice uno de nosotros de las tres formas y ella adivina cuál fue cuál con los ojos cerrados. A mí me tocó y me adivinó las tres. La de aburrido le salió a todos.
"That's the one y'all already got. Now go get the other two."
Al final dijo lo de siempre, que el guion ya funcionó mil veces antes de nosotros y que no le tenemos que poner nada, nada más creerle. Luego dijo Monday, y que Calidad iba a estar en la línea, y que ella no.
Cuando dieron las nueve los demás recogieron sus hojas. A mí me dijo que me esperara tantito. Se quedó sentada.
"What do they call you?"
"Steve."
"That's what's on the sheet. I asked what they call you."
Le dije que Steve también en los correos. Con eso firmo.
"No, baby. Your name."
Se lo dije.
Lo dijo una vez, con la erre y todo. Desde que entré no lo había dicho nadie en ese edificio, ni la de RH, que lo tiene en el papel.
↑ índiceCapítulo
El viernes fue la última clase. Miss Ollie no hizo lo del tono. Nos puso a leer el disclosure, cada quien completo, dos veces. Dijo que se lee entero, en un solo tono, y que la pregunta del final no se hace como pregunta. A la segunda vuelta no paró a nadie. A las nueve dijo trust the script, agarró su termo y se fue.
Bajé a chats. La fila de chats es la tres, pegada a la pared del fondo, y a los de chats nos ponen tres ventanas. Cuando cierras una entra otra. Nunca hay menos de tres.
A las cuatro traía a una señora de Ohio en la de en medio que quería saber si el batido era kosher. En la de la izquierda había un hello? cada cuarenta segundos. Lo conté. La de la derecha ya se había ido, pero la ventana no se cierra sola, la tienes que cerrar tú con el código de la razón, y yo no sabía cuál ponerle porque no había dicho nada.
A la de Ohio le mandé el macro de let me check that for you. En la base de conocimientos busqué kosher y no salió nada. Busqué certif y salió el de gluten free y el de la FDA. Le pregunté al de junto, que lleva un año en chats, y me dijo que le mandara la lista de ingredientes y que ella viera.
hello?
Le contesté al hello? con el macro de thank you for your patience, I'm looking into that for you. La señora de Ohio dijo que su rabino iba a necesitar el certificado, no la lista, y que si podía hablar con alguien. Le dije que con gusto la pasaba a teléfonos y me dijo que no, que ya había llamado y que por eso estaba en el chat. Puso una carita.
hello?
Y le contesté al hello? otra vez lo mismo, y me regresó un are you a real person, y le puse yes, I'm here, my name is Steve, how can I help you today, y no había dicho qué quería, en veinte minutos no había dicho qué quería, y la de Ohio me escribió thank you Steve, I'll ask my daughter, y se fue, y esa ventana sí se cerró sola, y la de la derecha seguía abierta con nada adentro, y la súper de chats pasó por atrás y me dijo que cerrara la de la derecha con el código de customer left, que para eso era, y la cerré, y entró otra.
El hello? se quedó hasta las cinco y diez. No dijo qué quería. Lo cerré con customer left también.
Salí a las seis. Uriel estaba en la puerta de abajo, en la de vidrio, con la diadema todavía colgada del cuello. Uriel fue de mi capacitación. Se sentó junto a mí toda la capacitación y el último día lo mandaron directo a teléfonos porque su inglés sí da. Se le nota. Con los de teléfonos habla en el inglés de ellos y luego voltea y te habla en español.
"¿Ya te vas?"
"Ya."
"¿Y la llamada es el lunes?"
"El lunes."
"Vente."
La cafetería de Emma está en el mismo edificio, abajo, del lado del estacionamiento. Cierra a las ocho. A esa hora ya nada más hay tortas y lo que quede en la vitrina. Emma está atrás de la barra o en la plancha, nunca sentada. Uriel compró una coca de dos litros y Emma le dio dos vasos de la barra, de los de vidrio, sin que se los pidiera. Nos sentamos en la mesa de junto a la puerta. Uriel sacó un paquete de chicles y me dio dos sin preguntar. Siempre trae.
"A ver, el disclosure. Sin ver."
"No me lo sé sin ver."
"Por eso. A ver."
Before we complete your enrollment I need to read you a brief disclosure. By enrolling as a coach you agree to a monthly autoship of the products you selected today, which will be charged to the card on file on the same date each month until you call to cancel. Individual results vary. This program is not a guarantee of income. Do you understand and agree to these terms?
Me trabé en autoship. Luego en guarantee. Luego en autoship otra vez.
"No pares en until. Until you call to cancel, todo seguido. Si paras ahí te van a preguntar qué es autoship y ya te fuiste. Otra vez."
Lo dije otra vez. Me trabé en guarantee.
"Guarantee. Guarantí, no. Guarantee."
"Guarantí."
"Otra vez."
Uriel me sirvió coca. Él se sirvió después. Dijo que a él la primera semana en teléfonos se le trabó la lengua tres veces en el mismo disclosure, con Calidad oyendo, y que nadie le dijo nada, y que la cuarta ya no.
En la mesa de junto estaba Brenda, de nuestra capacitación, con Omar. Brenda es removida. Se la llevaron de chiquita para allá y la regresaron el año pasado. Omar es de teléfonos y tiene veintiocho. Omar le estaba explicando lo de los puntos de los coaches en una servilleta, el de arriba y los de abajo y las flechas. Brenda decía okay, okay.
"Es que me confundo con los levels, están bien muchos."
"Nah, look, it's easy. The ones under you, that's your leg. Everything they buy, you get a piece. Ésos son tus puntos. Ya."
Brenda dijo okay. Omar le dibujó otra vez lo mismo en otra servilleta y le habló más despacio, sin cambiar la voz. Luego le habló en su inglés y de eso agarré la mitad.
A las siete ya me salía todo menos guarantee. Uriel dijo que guarantee la iba a arreglar el lunes solo, del susto. Emma pasó a la mesa y me preguntó si iba a querer algo.
"No, gracias."
"¿No, gracias, o no traes?"
Le dije que no traía.
"Luego me pagas. ¿De jamón?"
Le dije que sí. La trajo con todo y la puso enfrente de mí, y sacó de abajo de la barra una libreta forrada con papel de regalo, de flores, y la abrió en una hoja nueva. Me preguntó cómo me llamaba. Le dije y lo escribió con el lápiz, con la fecha, y abajo puso torta jamón.
"Treinta y cinco."
La cerró y la volvió a meter abajo de la barra.
Me comí la torta. Con todo es con aguacate y chiles y mucha mayonesa, y el pan estaba tostado de la plancha. Uriel me dejó comer y mientras se puso a decir el disclosure él solo, dos veces, rapidísimo, con la boca llena de coca. Le sale en treinta segundos. Lo dice y se entiende y no suena a que lo está leyendo.
Brenda y Omar se fueron a las siete y media.
A las ocho menos cuarto Emma apagó la vitrina. Uriel me sirvió lo que quedaba de la coca y yo me la acabé. Lo dije completo sin ver, una vez, sin parar en until. Guarantí. Uriel dijo que ya, que con eso.
"El lunes me cuentas."
"Sí."
"Trust the script, mijo."
Lo dijo con la voz de ella, y nos reímos. Emma nos dijo buenas noches desde la barra. Uriel se fue por el calafia y yo me fui en el camión de las ocho y veinte, con los diez pesos, diciéndolo bajito hasta mi parada, todo seguido, sin parar en until.
↑ índiceCapítulo
El lunes me pusieron en la once, en una silla prestada y con una diadema prestada, de alguien que descansa los lunes. La once es la última fila de teléfonos, la que está pegada a la copiadora. Cada vez que alguien saca copias se oye en la orejera derecha, la que no suena, y el que descansa los lunes tiene una estampa de la Virgen pegada abajo del monitor con cinta. Los otros cuatro estaban repartidos, el de correos en la nueve, la de la doce en la diez, y el de la cinco y la de atrás en otra parte que no vi. La de Calidad iba a estar en la línea desde su escritorio, oyendo. No se avisa cuál llamada.
En chats no hay diadema. Ésta aprieta arriba de las orejas y nada más suena la orejera izquierda. La de Calidad me puso available desde su máquina y levantó la mano para que yo la viera, y sonó al minuto.
La primera fue una señora de Michigan. Dijo que su hermana era coach y que ella también quería, y que si podía con la tarjeta de su marido. Le dije thank you for calling, my name is Steve, and I'll be happy to help you today, y me creyó. Le pedí el nombre, la dirección, la tarjeta. Tecleé despacio porque el sistema de teléfonos no es el de chats y los campos van en otro orden. Ella hablaba mientras, de la hermana, del batido de chocolate, de que en Michigan ya había nevado. Yo decía I understand y okay.
Luego iba el disclosure. Lo leí de la hoja aunque me lo sabía, todo seguido, sin parar en until. Guarantee me salió. Llegué a do you understand and agree to these terms y no lo hice pregunta, y ella no dijo nada.
No dijo nada dos segundos, tres. Yo tampoco, porque no sabía si había que repetirlo o esperar, y en la hoja no dice, y me quedé con la boca cerrada viendo la pantalla, y en la orejera nada más se oía la tele de ella al fondo.
"Yes. Yes, I agree, sorry, I was writing the number down."
Le di el número de confirmación, le dije que la caja salía en tres a cinco días hábiles, le dije thank you for calling, y colgó ella primero.
Tomé cuatro más. Una de tracking, dos que querían cambiar de sabor, y un señor que se equivocó de número y se disculpó tres veces. Entre una y otra sacaron copias. A las once y media la de Calidad vino hasta la once y me dijo que fuéramos al cuarto.
El cuarto sin ventana está atrás de RH. Tiene una mesa, dos sillas, una computadora con bocinas y una planta de plástico en la esquina. La planta la trajo ella.
"That one's fake. Two real ones died in here before I gave up."
Cerró la puerta y puso su taza en la mesa.
"Sit down, sweetheart. I want you to hear something."
Puso la grabación. Era yo. La voz sale más delgada en la bocina. Dejó correr el saludo completo, hasta today, y lo paró.
"Hear that? You sound like you're glad she called. Keep that."
Luego la adelantó hasta el disclosure y le subió, y cuando llegó a los tres segundos de nada levantó la mano con la palma hacia mí y la dejó ahí, quieta, hasta que la señora dijo yes. Entonces la bajó.
"That. The way you held that silence, sweetheart. Most people on this floor, they panic. They fill it. You let her get there on her own."
Le dije okay.
"And guarantee. Clean. Somebody's been practicing."
Después de cada cosa esperaba a que yo contestara. Yo contestaba okay.
Me pasó la hoja por encima de la mesa y la giró para que quedara de mi lado.
QA EVALUATION - REMEDIAL Agent Steve Ext 4211 Greeting 10 / 10 Verification 10 / 10 Disclosure verbatim 15 / 15 Tone and empathy 16 / 20 Dead air control 10 / 10 Resolution 15 / 15 Closing 8 / 10 TOTAL 84 / 90 PASS
"Tone, I gave you sixteen. You said I understand four times and you meant it twice. Next time mean it four times. Closing, you let her hang up first, which is fine, but you say have a wonderful day before she does. Okay?"
"Okay."
"Okay. You passed, sweetheart. Go on."
Me dio la hoja para que me la quedara. Abrió la puerta. Afuera había un agente esperando, recargado en la pared del pasillo, con la diadema en la mano.
"¿Ya acabó contigo?"
Le dije que sí y entró.
Me regresé a la once. Tomé llamadas hasta las cuatro, con la hoja doblada en la bolsa de atrás. A las cuatro la de RH salió a su puerta y nos llamó a tres, al de correos, a la de la doce y a mí, y nos dio un papel a cada quien. El papel dice la fila, el nombre del jefe de equipo, el horario, y abajo firmas de recibido. La once, de nueve a seis, lunch a la una. El de correos se quedó en la nueve. El de la cinco y la de atrás no estaban.
En teléfonos son mil trescientos a la semana. En chats eran mil cien. Nada de eso ha caído todavía. Lo de las dos semanas de fondo se queda guardado, y lo de estos días cae hasta que cierre la quincena.
La de la doce pasó. Me lo dijo en el pasillo, con su papel en la mano, y le dieron la diez. Le dije que qué bueno. Ella dijo que la de Calidad le había puesto la grabación y que se oía horrible, y se rió, y se fue a la diez.
A las seis devolví la diadema prestada a la silla de donde la agarré, con el cable enredado igual que estaba. El martes me daban la mía.
Uriel estaba abajo, en la puerta de vidrio. No me preguntó. Le di la hoja y la leyó completa, los dos lados, aunque atrás no hay nada.
"Ochenta y cuatro. A mí me dieron setenta y nueve."
Le dije que sí, que ochenta y cuatro.
"Te dije que guarantee se arreglaba sola."
Me regresó la hoja doblada igual que se la di y me la guardé en la bolsa de atrás. Nos quedamos un rato en la puerta de vidrio, viendo el estacionamiento, hasta que pasó su calafia.
↑ índiceCapítulo
El martes Smiley me dio la diadema. Viene en una bolsa, con el cable enredado y un papel que firmas de que la recibiste. También me dio el gafete azul, porque los de teléfonos son azules, y la silla. Las sillas de teléfonos tienen brazos y se reclinan. Las de chats no tienen brazos.
Smiley es el jefe de equipo de la once y la doce. Su gafete dice SMILEY, así, en mayúsculas, sin apellido. Trae la cabeza rapada y en el cráneo tiene tatuadas unas llamas que le suben de atrás de las orejas hasta la coronilla, y se rapa cada tercer día para que se vean. Es de Los Ángeles. Con nosotros habla en español y con el súper en inglés, por teléfono, porque el súper está en el segundo piso y casi no baja.
Lo primero que me enseñó fue el aux. Está pegado con cinta en cada monitor de la once.
AUX 0 Available AUX 1 Break 15 min AUX 2 Lunch 30 min AUX 3 Coaching AUX 4 Meeting AUX 5 System AUX 9 Personal NO
"Adherencia es que el sistema diga lo mismo que tú. Si vas al baño, aux uno. Si te quedas platicando en el pasillo, aux uno. Si se te olvida ponerlo y te paras, el sistema dice que estabas available y no contestaste, y ahí ya es acta. Aux nueve no existe, no lo pongas nunca. Y si llegas tarde por el camión, aux cinco y me avisas a mí, no a él. Aquí el súper vive a cinco minutos, no le vas a explicar nada."
Le dije que sí.
"¿Qué camión agarras?"
Le dije cuál.
"Ese se tarda. Sal antes."
Las llamadas de la once son de coaches. Una quería saber por qué le habían cobrado dos cajas si le había llegado una. Otra quería subir a un nivel que se llama silver y necesitaba tres puntos. Un señor de Arizona nada más quería confirmar que su autoship seguía activo, y seguía, y me dio las gracias y colgó. Con cada una decía I understand y trataba de que fuera de verdad las cuatro veces.
En la tercera Smiley llegó por atrás, metió su cable en mi teléfono, se puso su diadema y oyó toda la llamada parado junto a mi silla. Era la del silver. Cuando colgué no dijo nada del silver. Dijo que dejara de decir ma'am tantas veces, que con una al principio y una al final, y se fue a la doce.
A las diez y cuarto me paré al baño y se me olvidó el aux. Regresé a las diez y veintiséis y Smiley estaba parado junto a mi silla viendo mi pantalla.
"Ya te lo moví. Aux uno, diez quince. La próxima tú."
Me senté y puse aux cero. A las diez y veintiocho entró una de tracking.
En la once somos ocho. La de junto a mí, del lado de la copiadora, lleva dos años y tiene en el monitor una foto de un niño con uniforme de kínder. Toma las llamadas con los ojos cerrados. Cuando no hay llamada abre los ojos y ve el techo, y cuando entra una los cierra otra vez.
Smiley pidió desde el primer día que su equipo comiera junto. Nos toca el lunch a la una, y la mesa es la de la esquina, abajo del ventilador, que es la más grande. Somos nueve con Smiley. Yo me senté en la orilla porque era la silla que quedaba.
Los de teléfonos hablan entre ellos en inglés. En su inglés. El de la doce, el que se sienta enfrente de mí, me preguntó de dónde era.
"Where you from, foo?"
"De aquí."
"Nah, like, from from."
"De aquí. De Tijuana."
Se rió y le dijo algo a la de junto, y la de junto se rió, y dijo this foo's from here here, y se rieron los dos, y yo también, porque entendí todas las palabras. El chiste no.
Hablaban del sábado. Alguien había ido a un bar de la Revu y se había quedado dormido en el carro de otro, y el otro estaba en la mesa y decía that's on you, bro, that's on you, y todos le decían que no. Me reía cuando se reían los demás, un poquito después, y no comía, porque no traía.
Kevin está dos sillas más allá. Es de retención y lleva cuatro años en el piso, más que Smiley. Le dicen Kev. Cuando habla, la mesa se calla para oírlo. Come despacio, con la servilleta en la pierna.
"He's not eating. Why aren't you eating, mijo?"
Le dije que no tenía hambre.
"I'll buy you lunch if you're nice to me, mijo."
Se rieron todos. Smiley también, con la boca llena. El de la doce le pegó a la mesa con la palma. Yo me reí con ellos.
Kevin se levantó, fue a la barra y regresó con una torta de jamón en un plato y la puso enfrente de mí, y se sentó otra vez en su lugar con su refresco.
Le dije gracias y me la comí. Emma le había puesto todo. La mesa ya estaba hablando de otra cosa, de un coach de Fresno que había llamado cuatro veces el mismo día, y el de la doce lo imitaba, y se reían, y Kevin le dijo that's not Fresno, honey, that's Bakersfield, y se rieron más, y el de la doce lo hizo otra vez con el acento que Kevin le dijo.
Uriel pasó con su charola, con los de la nueve, y me hizo así con la mano. Le hice así con la mano.
A la una y veinticinco Smiley dijo vámonos. Se levantaron todos con sus platos y los llevaron a la barra. Yo llevé el mío. A la una y treinta puse aux cero, y la primera de la tarde fue un coach de Texas que quería saber cuántos puntos le faltaban para silver. Le faltaban dos. Se lo dije.
A las tres y media me tocó el de Fresno. Me di cuenta porque dijo su nombre y el de la doce se asomó por encima de la mampara y me hizo cuatro con los dedos. Quería saber si su caja ya había salido. Ya había salido. Lo había preguntado en la mañana y le habían dicho lo mismo, y me lo dijo él, que ya le habían dicho lo mismo, y que nada más quería estar seguro. Le di el tracking otra vez. Le dije I understand. Me dio las gracias como si fuera la primera vez que llamaba y dijo que a lo mejor volvía a llamar más tarde, y le dije que con gusto. El de la doce se volvió a asomar y le hice cinco con los dedos.
A las cuatro puse aux uno antes de pararme, y regresé a las cuatro y once.
A las seis Smiley pasó por la fila con una hoja. La adherencia del día sale por persona, en porcentaje. La mía salió en noventa y ocho, por lo del baño.
"Mañana cien."
Dijo lo mismo en la doce, a otro, y siguió.
↑ índiceCapítulo
El jueves llegué a las ocho y veinte. El camión de antes pasa a las siete y media y va vacío. Me senté hasta atrás con la ventana abierta y llegué sin sudar. El señor de la puerta me abrió y de todos modos me quedé un rato en el lobby junto al aire, por costumbre. Luego salí otra vez. Adentro no hay nada que hacer a esa hora y afuera hay sol.
Las escaleras del estacionamiento están por atrás. Suben del estacionamiento de abajo al de arriba y tienen un letrero de NO FUMAR en cada descanso. Desde el segundo descanso se ve el de arriba completo. Tiene ocho lugares con nombre pintado en el piso y el del súper es el de junto a la puerta. En el segundo descanso estaba Neto sentado en el escalón con un vaso de la máquina y un cigarro. Neto es de la nueve. Estaba ahí desde las siete porque venía del turno de la noche y se iba a quedar al de día. Se llama doble. Lo hace dos veces por semana. Masca chicle todo el tiempo, también con el cigarro, y trae la camisa del día anterior con una mancha de café en la manga.
"¿Fumas?"
"Sí."
"A las diez y cuarto. Jálate."
A las nueve puse aux cero. La primera fue un coach de Nevada que quería cambiar la fecha de su autoship al día quince porque ese día le pagan. Se la cambié. Me dio las gracias dos veces. La segunda fue una señora de Idaho que quería saber si el batido se lo podía dar a su perro, que estaba gordo. Busqué perro en la base de conocimientos y no salió nada. Le dije que el producto estaba formulado para personas. Me preguntó si eso quería decir que no. Le dije que no lo recomendábamos. Dijo que iba a probar con media medida y me dio las gracias, y me quedé un rato viendo la pantalla antes de cerrar la llamada.
A las diez y cuarto puse aux uno y bajé.
Neto ya estaba en el descanso con otro de la nueve, uno de camisa de cuadros. Neto traía un cigarro. Uno. Lo prendió, le dio dos jalones y se lo pasó al de cuadros, y ése le dio dos y me lo pasó a mí.
Le di dos. No había desayunado y con el estómago vacío el humo se siente en las rodillas. Me senté en el escalón.
El de cuadros estaba contando lo del NDA. Que un morro recién salido de capacitación vio un sabor nuevo en el recorrido de R&D y lo puso en internet, y lo corrieron, y demandó, y ganó una lana.
"No fue sabor", dijo Neto. "Fueron las listas de los coaches."
"Fue sabor. Mango."
"Ahorita dijiste fresa."
"Mango o fresa. Y ganó."
"No ganó. Le dieron dinero para que se callara."
"Pues eso es ganar."
Neto no le contestó. Me pasó el cigarro.
"Por eso firmas el NDA el primer día. Antes no se firmaba."
El de cuadros le dio otro jalón y se acordó de otra.
"Y la muchacha. La que puso la queja."
"¿Cuál queja?"
"La de Calidad. Que un vato la andaba siguiendo y puso queja en RH y ya no vino."
"No era de Calidad", dijo Neto. "Era de capacitación. La del módulo de sistemas."
"Era de Calidad. La flaquita."
"La flaquita era de capacitación."
"Bueno. Puso la queja y ya no vino. Y el vato tampoco."
"El vato tampoco", dijo Neto.
Les pregunté cuándo. El de cuadros dijo que el año pasado. Neto dijo que antes, cuando estaba el otro súper. Ninguno se acordaba del nombre de ella. El de cuadros dijo que empezaba con eme. Neto dijo que no.
Bob pasó. Subía del estacionamiento de abajo despacio, los dos pies en cada escalón. Es enorme. Tiene el pelo blanco y trae una lonchera de las de metal. Cuando llegó al descanso vio el cigarro y no dijo nada del cigarro.
"Morning."
"Qué onda, Bob."
Siguió subiendo. El de cuadros le dijo que se cuidara y Bob levantó la lonchera sin voltear.
El de cuadros dijo que él se iba a pasar a retención en cuanto abrieran lugar, porque ahí hay bono, y que ya lo había pedido dos veces. Neto le dijo que retención era para gente que aguanta que le griten. El de cuadros dijo que a él le gritan en la nueve igual y sin bono.
Neto me preguntó cuántos años tenía.
"Diecisiete."
"Entonces tú no puedes hacer doble."
"No."
"Mejor. Yo lo hago porque estoy juntando."
No dijo para qué y el de cuadros no preguntó. Le pedí el último jalón y me lo dio. Apagó la colilla en el escalón y la guardó en la cajetilla vacía. En el descanso no puede haber colillas. Se paró, se sacudió el pantalón y se puso otro chicle.
Regresé a la once a las diez y treinta y nueve. El aux uno es de quince. Puse aux cero y entró una de tracking, y todavía traía el humo en la garganta cuando dije my name is Steve. La señora me pidió que repitiera el número y lo repetí.
En el lunch bajé otra vez a las escaleras. No había nadie. No traía cigarro. Me senté en el mismo escalón. Desde ahí se ve el carro del súper, gris, con los vidrios subidos y un rosario colgado del espejo. Me quedé hasta la una y veinticinco y subí. En la tarde me olían los dedos cada vez que me acomodaba la diadema.
A las cuatro Neto pasó por la once. Venía a preguntar si alguien traía monedas para la máquina. Le dije que no. La de junto le dio cinco pesos sin abrir los ojos, porque estaba en llamada, y Neto le dijo gracias moviendo la boca y se fue.
Smiley pasó con su hoja a las seis. Noventa y seis. Dijo que el aux uno es de quince, no de veinticuatro, y siguió a la doce.
Pasé por la nueve al salir. Neto seguía ahí con la diadema puesta, hablando con alguien de Ohio, y le faltaba una hora. Bob bajó por las escaleras del estacionamiento con la lonchera y me dijo good night desde el descanso.
↑ índiceCapítulo
Llovió toda la noche. En la mañana seguía. A las cinco ya estaba despierto por el ruido de la lámina, y a las seis mi mamá se fue a su trabajo con el paraguas bueno. En la casa había café. No había pan.
Mi colonia no tiene pavimento. La calle es de tierra y cuando llueve el camión no sube. Se queda abajo, en el bulevar, y hay que bajar caminando. Son veinte minutos con la calle seca. Con lodo son más.
Salí a las siete y media con los zapatos en una bolsa del súper y unas chanclas puestas. Bajaba un niño de uniforme adelante de mí con bolsas de plástico amarradas encima de los tenis, y su mamá atrás con la mochila de él. En la bajada el agua corre por en medio y el lodo se queda en las orillas. Se baja por en medio. Abajo me lavé los pies en un charco limpio y me puse los zapatos. Las chanclas fueron a la bolsa. El camión pasó lleno. El siguiente también. Me subí al tercero, parado, con la bolsa en la mano y el paraguas del otro cerrado entre las piernas. Los vidrios iban empañados y el chofer traía la radio en las noticias. Un señor con paraguas me escurrió en los zapatos todo el camino.
Llegué a las nueve y cuarenta. El señor de la puerta me abrió.
"Vas tarde."
"Sí."
Iba mojado de la lluvia y sudado del camión, las dos cosas, y no me quedé en el lobby. Subí.
Smiley estaba en la once, en mi silla, con mi pantalla. Se paró cuando llegué.
"Aux cinco desde las nueve. Tu teléfono no jalaba. Sistemas ya sabe."
El teléfono jaló a la primera. Puse aux cero y entró una llamada.
Brenda llegó seca. Omar tiene carro y pasó por ella.
A las once bajó el súper. Baja poco. Es alto, trae corbata y el gafete colgado del cinturón. Vive a cinco minutos. Eso lo dijo Smiley. Nos subió a todos los de teléfonos a la sala grande del segundo piso, de pie, porque no hay sillas para todos. Chats se quedó abajo.
Habló en inglés. Dijo que la adherencia del piso había bajado a noventa y uno. La meta es noventa y cinco. Dijo que el cliente ve esos números cada lunes y que él no iba a explicarle al cliente que llovió en Tijuana.
"Rain is not a system issue. Late is late. I got rained on too and I was here at eight."
Luego leyó los equipos con el porcentaje de cada uno. El de Smiley salió en noventa y cuatro. Smiley estaba junto a la puerta con los brazos cruzados y no cambió la cara con su número ni con los otros. El súper dijo que tres retardos son acta y que dos actas son la calle, y que eso ya lo sabíamos. Luego dijo el handle time del piso y el de cada equipo, y que retención lo tenía muy alto pero que ahí era otra cosa.
Después dijo que los del permiso no pueden hacer turno de noche ni doble, que es ley, y que no le pidieran cambio de turno porque no se puede. Somos dos en el piso con permiso. Brenda y yo.
"Questions."
Brenda levantó la mano. Trae el pelo seco y recogido.
"¿Los agentes podemos inscribirnos de coach? Para los puntos."
"No. Employees can't enroll. Conflict of interest. Next."
Brenda bajó la mano. No preguntó nadie más y bajamos.
Al bajar pasé por RH. La de RH tiene la puerta abierta cuando está. Le pregunté si se podía adelantar algo del fondo. Aunque fuera lo del camión.
"El fondo no se adelanta. Se paga cuando te vas."
Le pregunté lo de la quincena.
"Cae el viernes, como a todos. ¿Algo más?"
"No."
Regresé a la once. La de junto abrió los ojos cuando me senté. Es la primera vez que me habla.
"¿Fuiste a RH?"
"Sí."
"Esa señora no da ni la hora. Ni le pidas."
Cerró los ojos otra vez. Puse aux cero. Entró una de tracking.
En el lunch Emma tenía caldo de pollo por la lluvia, en vasos de unicel, y toda la cafetería olía a eso. Me senté en la mesa de la esquina con las manos en la mesa. Kevin no bajó. Retención tenía su junta a la una. El de la doce me preguntó si no iba a comer y le dije que al rato. Se comió su torta y me contó que su carro no había prendido y que había venido en taxi de ruta, mojado igual que yo, y que el súper podía decir lo que quisiera porque él sí vivía a cinco minutos. Lo dijo en español. Luego se pasó a su inglés con la de junto y hablaron del carro. La de junto le dijo que era la batería. Él dijo que no.
A la una y media puse aux cero. En la tarde hubo pocas llamadas. Cuando llueve allá también llaman menos. Una señora de Oregon quería saber si podía congelar el batido. Le dije que no lo recomendábamos. Me preguntó por qué. Le dije I understand y que no lo recomendábamos, y se rió y dijo okay then, y colgó. Un señor de Utah llamó para cancelar su autoship y le dije que con gusto lo pasaba a retención. Me dijo que no quería que lo pasaran a nadie, que quería cancelar. Le dije que retención era el departamento que cancelaba. Se quedó callado y luego dijo fine, y lo pasé.
Los zapatos se me secaron hasta las cuatro. Dejaron lodo abajo de la silla, seco, en pedazos. Lo recogí con una servilleta antes de irme y lo tiré en el bote de la copiadora.
A las seis seguía lloviendo. El camión me dejó en el bulevar. Me quité los zapatos abajo de un techo, los metí en la bolsa, me puse las chanclas y subí por en medio de la calle, donde corre el agua y no hay lodo. Ya estaba oscuro. En la casa había café.
↑ índiceCapítulo
El miércoles ya no hubo para el camión. Los diez pesos del lunes fueron los últimos. El martes fui y vine con monedas de la cocina, del frasco donde mi mamá deja el cambio. El miércoles el frasco estaba vacío y no le dije.
Me levanté a las tres y media. Me había dormido a las diez. Salí a las cuatro con los zapatos de la lluvia, que ya no se ven de qué color eran, y una sudadera.
Está oscuro. La calle de tierra todavía tiene lodo en las orillas de la lluvia del lunes y hay que ir por en medio. Hay perros. Los de mi calle me conocen. Los de abajo no, y a los de abajo se les pasa sin correr. Uno me siguió tres cuadras sin ladrar y luego se regresó. En la tortillería ya había luz y ya olía. Bajé al bulevar y de ahí es derecho por la orilla. Dos horas. Primero sin banqueta y luego con.
El bulevar a esa hora tiene los semáforos en amarillo. Pasan taxis vacíos y no hay nadie en las paradas. Hay un tramo largo sin luz, por el yonke, y ahí se camina más rápido. Después viene el puente del canal, que tiene banqueta de un solo lado, y del otro lado del puente empieza la parte con luz. Luego está la panadería, que abre a las cinco, y desde ahí ya hay gente. Un señor lavaba un carro con una cubeta. Una señora barría enfrente de su casa con la luz apagada. Los del sitio de taxis estaban parados junto a sus carros con vasos de café y uno me preguntó si iba a querer taxi. Le dije que no. Los camiones empezaron a pasar a las cinco y cuarto, vacíos, con la luz prendida adentro. Pasaron cuatro. Los pies se sienten hasta la panadería. Después ya no.
A la mitad empezó a clarear. Me di cuenta porque ya se veía el lodo en los zapatos.
Llegué a las seis y cinco. El señor de la puerta me abrió. Me senté en la banca del lobby junto al aire hasta que se me secó la camisa, y se tardó más que otros días. A las seis y media la señora de la limpieza trapeó el lobby y me pidió que levantara los pies, y los levanté, y trapeó abajo de la banca. Luego me quedé viendo la puerta de vidrio. El señor de la puerta me tocó el hombro a las ocho y veinte. Me había dormido sentado y no me di cuenta. Le dije gracias. Subí a las ocho y media y a las nueve puse aux cero.
Las llamadas de la mañana fueron de tracking. Una señora de Georgia quería saber por qué el batido de vainilla sabía distinto al de la caja pasada. Le dije que la fórmula era la misma. Me dijo que no. Le dije I understand. Me dijo que ella sabía lo que sabía y colgó primero, y me faltó el have a wonderful day. Un coach de Florida quería saber si su hermano podía entrar abajo de él aunque viviera en otro estado. Le dije que sí y le expliqué cómo, con la hoja de los puntos enfrente.
A las diez y cuarto puse aux uno y me quedé en la silla. No bajé a las escaleras. Con el estómago así el cigarro se siente peor.
A las doce y media le pedí permiso a Smiley para salir en el lunch. Le dije que a un mandado.
"Órale. Aux dos y te vas. A la una y media aquí."
No preguntó qué mandado.
A la una puse aux dos y bajé a la cafetería antes que la mesa. Emma estaba en la plancha. Le pedí una Maruchan. La sacó de la vitrina, le puso el agua de la cafetera, le puso la tapa y me dio un tenedor. Luego sacó la libreta de abajo de la barra y apuntó debajo de la torta. No dijo nada. Yo tampoco.
Me la llevé a las escaleras del estacionamiento con la tapa puesta. En el segundo descanso no había nadie. Me la comí ahí, con el vaso entre las rodillas. Era de camarón. Todavía estaba dura en medio y me la acabé igual, y el caldo también, y me quedé con el vaso vacío entre las rodillas. Bob subió a la una y diez con la lonchera, dijo afternoon, y siguió. El carro del súper estaba en su lugar. A la una y veinte me paré.
Subí por la cafetería porque es el camino. La nueve estaba comiendo en la mesa de junto a la puerta. Uriel tenía una torta de milanesa a la mitad y la levantó del plato hacia mí.
"¿Quieres? Está muy grande."
"Ya comí."
La bajó y siguió comiendo. Le dije que al rato y subí.
A la una y media puse aux cero. En la tarde hubo dos de tracking y una de silver, y una señora que nada más quería saber a qué hora cerrábamos, y le dije que nunca. A las cuatro puse aux uno y me quedé sentado los quince minutos con los ojos cerrados. La de junto tenía los suyos cerrados también, con llamada.
El de la doce se asomó por encima de la mampara a las cinco. Dijo que el viernes caía y que se iban a la Revu saliendo, los de la mesa, y que si jalaba. Le dije que sí. Dijo que órale y se metió otra vez.
Smiley pasó con su hoja a las seis. Dijo cien y siguió a la doce.
Bajé y me quedé en la puerta de vidrio hasta que pasó el calafia de Uriel. Le hice así con la mano desde adentro. Luego salí. Todavía había luz hasta el bulevar, y de ahí para arriba ya no.
De regreso el puente se cruza por el mismo lado. El yonke tiene un foco prendido en la noche que en la mañana no se ve. En la tortillería ya habían cerrado. Los perros de mi calle no ladraron. Llegué a la casa a las ocho y diez. Mi mamá había dejado café en la estufa y estaba dormida. Me lo tomé frío y me acosté con los zapatos junto a la cama, para no buscarlos.
El jueves salí a las cuatro otra vez. Los perros de abajo ya no ladraron. El señor de la cubeta ya estaba.
↑ índiceCapítulo
El viernes salí a las cuatro otra vez. La tercera. El señor de la cubeta ya estaba y los del sitio ya no me preguntaron nada. En el puente del canal había un perro dormido en la banqueta del lado bueno y pasé por el otro.
La tarjeta me la dieron la primera semana. El banco vino a la sala de juntas del segundo piso con dos señoritas de traje y una máquina, y fuimos pasando de uno en uno con la credencial y el permiso. La tarjeta es azul. Dice el nombre del banco y no dice el mío. Traía un papel doblado con el NIP y me lo aprendí ahí mismo y tiré el papel en el bote de la sala. Desde entonces la traigo en la bolsa izquierda de enfrente, sin nada que sacarle.
El edificio tiene cajero en el lobby. Está del otro lado de la banca y es de otro banco. Llegué a las seis y cinco y el señor de la puerta me abrió, y en vez de sentarme fui al cajero.
Metí la tarjeta. Puse el NIP. Puse consulta de saldo. Salió en la pantalla y no en papel. El papel cuesta.
Dos mil seiscientos.
Puse retiro. Puse quinientos. El cajero preguntó si aceptaba la comisión de veintiséis pesos por ser de otro banco, con un sí y un no, y puse que sí. Sacó cinco de a cien, nuevos, pegados. Los doblé una vez y los metí en la bolsa de enfrente con la tarjeta. Luego me senté en la banca junto al aire hasta que se me secó la camisa. La bolsa de enfrente iba más gorda y me la tocaba cada rato.
A las nueve puse aux cero.
Los viernes de quincena RH da los recibos en su puerta. Hay que ir en el break y hay fila. A las diez y cuarto puse aux uno y me formé atrás de la de junto. La de RH tenía las hojas en un fólder por fila. Le pedía el gafete a cada quien. Sacaba su hoja. La ponía a firmar en una lista. La de junto firmó, dobló la hoja en cuatro sin verla y se fue. Yo firmé y me hice a un lado, junto al archivero, y la leí.
Arriba dice el nombre de la empresa. Abajo dice el mío. Completo. Los dos apellidos. Bien escrito. Dice el número de empleado. Dice el periodo, del lunes de la semana pasada al viernes de ésta. Dice diez días trabajados. Dice sueldo. Dice IMSS con un menos. Dice ISR con un menos. Dice subsidio con un más. Abajo dice neto. Dos mil seiscientos. Del lado derecho hay una columna que dice acumulado del año y trae los mismos números una sola vez.
Los catorce días de fondo no vienen. Ésos son otro papel, cuando te vas.
La leí otra vez, desde arriba. Luego la doblé en cuatro igual que la de junto y me la guardé en la bolsa de atrás con la hoja de Calidad. Todavía la traigo ahí.
Regresé a la once a las diez y veintiocho. Smiley estaba parado junto a la doce con su hoja. Cuando pasé me preguntó si ya había caído.
"Sí."
"Órale."
Las llamadas de la mañana fueron dos de tracking y una señora de Ohio que quería saber si Steve era mi nombre de verdad, porque no le sonaba. Le dije que sí. Me dijo okay Steve y me pidió su tracking.
A la una bajé con la mesa. Emma tenía las tortas en la vitrina y la libreta abajo de la barra, y antes de sentarme fui con ella. Estaba sirviendo una coca. Cuando terminó me vio y sacó la libreta sin que le dijera nada.
"¿Ya cayó?"
"Sí."
La abrió en la barra. La libreta es de las gruesas, de doscientas hojas, y va como en la mitad. El lápiz está amarrado a la espiral con un hilo y se le acaba la punta y lo saca con los dientes. Buscó mi hoja pasando las anteriores con el dedo mojado. Las anteriores tienen un nombre arriba y renglones abajo, con fecha y cifra. Unos renglones tienen una raya encima. Muchos no. Hay hojas donde arriba está el nombre y abajo hay quince renglones y ninguno tiene raya, y la fecha de arriba es de hace meses. Hay una hoja con una torta sola y una raya. Pasó todo eso con el dedo y llegó a la mía. Torta jamón, treinta y cinco. Abajo, sopa, ocho, con la fecha del miércoles.
"Cuarenta y tres."
Le di uno de a cien. Me dio cincuenta y siete de cambio, contándolos en la barra, y le pasó una raya a los dos renglones con el mismo lápiz. Mi hoja quedó con dos rayas y lo demás en blanco. Cerró la libreta y la volvió a meter abajo.
"Ándale."
Le pedí una torta de jamón. Con todo. Me la puso en un plato y la pagué ahí mismo, de los cincuenta y siete, y me fui a la mesa de la esquina con el plato.
Estaban todos. El de la doce, la de junto, Smiley con la boca llena, los otros de la doce. Kevin se levantó cuando me vio sentarme con el plato, fue a la barra y regresó con una coca de vidrio y la puso junto a mi torta.
"Payday. See, told you, mijo."
Se rieron. Yo también. Le dije gracias y me la tomé con la torta. Traía mucha mayonesa y no me levanté a decirle nada a Emma. El de la doce contó que el de Fresno había llamado otra vez y que le había tocado a la de la doce, y la de la doce hizo la voz, y Kevin le dijo que ahora sí era Fresno, y se rieron.
El de la doce dijo que a las seis abajo, en la puerta, y que en camión, porque su carro seguía sin prender.
"¿Jalas o no?"
Le dije que sí.
"¿Traes?"
"Traigo."
A la una y treinta puse aux cero. En la tarde hubo pocas llamadas y a las cuatro puse aux uno antes de pararme y me quedé sentado con los ojos cerrados, y la de junto abrió los suyos y me preguntó si iba a ir a la Revu. Le dije que sí. Dijo que ella no, que tenía al niño. Luego se estiró por encima de la mampara y me volteó el gafete, que lo traía al revés, y me lo acomodó en la camisa con las dos manos. Tiene las uñas cortas sin pintar y un anillo delgado en el dedo de en medio. Dijo que ya parecía de teléfonos y se rió, y cerró los ojos. Me quedé con el gafete como me lo dejó.
Smiley pasó a las seis con su hoja. Cien. Dijo que el lunes cambiaba el horario de lunch de la once, que iba a ser a las dos, y siguió a la doce.
Bajé. En la puerta de vidrio estaban el de la doce y dos más de la doce, con las diademas ya guardadas y las camisas de fuera. Uriel iba saliendo con los de la nueve y me preguntó con la cara, y le dije que a la Revu, y él dijo que órale y se fue por su calafia. Uno de la doce preguntó quién traía cambio para el camión y el de la doce dijo que él pagaba los cuatro. Le dije que yo el mío. Salimos por el lado del estacionamiento porque el camión de la Revu se agarra en la esquina de atrás.
El estacionamiento de arriba ya estaba casi vacío. El lugar del súper estaba vacío desde las cinco. Los de la doce iban adelante hablando en su inglés y yo atrás, y del inglés agarré que el de la doce ya había ido a ese lugar y que era barato hasta las nueve. Bajamos por las escaleras del estacionamiento. En el segundo descanso no había nadie y no había colillas.
En el de abajo estaba Miss Ollie con el grupo nuevo. Son ocho. Estaban parados en círculo con sus hojas, porque el salón chico lo tienen a esa hora los de retención para su junta, y ella estaba en medio con su termo. Traía el mismo suéter de mi primera clase. Dos del círculo tenían la hoja en la página tres y los demás la tenían cerrada, esperando su turno. Pasamos por la orilla del círculo, los cuatro, y ella nos vio pasar y no paró.
Uno de ellos leía la página tres. Es un muchacho de lentes con la hoja muy cerca de la cara. Le salió plano y todo seguido, sin bajar en ningún lado. Ella lo dejó terminar hasta today.
"Okay, baby. From the top."
↑ índiceCapítulo
El lunes había una lista pegada en la puerta de RH. Turnos de la campaña de coaches a partir del lunes que entra. Viene por fila y por nombre con el horario y los días de descanso. La gente iba llegando y se paraba a leerla con el gafete en la mano, y los que ya la habían leído se quedaban atrás a ver la cara de los que la iban leyendo.
Los turnos se escogieron la semana pasada por antigüedad. Pasaban de uno en uno a la puerta de RH y decían cuál. El de la doce escogió el de la mañana con sábado y domingo. La de junto escogió el de la mañana con domingo y lunes por el niño. Kevin no escogió porque retención tiene sus horarios aparte. A mí no me llamaron. A Brenda tampoco. Los del permiso no escogen.
En la lista estaba mi nombre en el turno que cierra. De once a ocho. Lunch a las dos. Descanso martes y miércoles. Smiley quedó de jefe del turno que cierra con la once y la doce juntas en una sola fila. Dos renglones abajo del mío estaba Brenda con el mismo horario y los mismos días. Somos los dos que descansan entre semana.
La de RH salió cuando me vio leyendo.
"Me traes copia del permiso. Para el expediente del turno."
"¿Mañana?"
"Mañana."
El permiso lo traigo en la cartera desde la ventanilla. Va doblado en ocho en la parte de atrás donde no se dobla más. Es una hoja tamaño oficio de papel delgado con el sello de la dependencia arriba y dos firmas abajo. La de mi mamá y la de la señorita que atendía. Nunca lo había sacado en el edificio. La de RH tiene la copia que le di el primer día y ahora quería otra.
Esa noche pasé a la papelería que está junto a la parada. Tres pesos la copia. La señora lo desdobló sobre el vidrio de la máquina con cuidado porque en los dobleces ya está gastado, y lo alisó con la mano antes de cerrar la tapa.
Mientras la máquina calentaba lo leí. Dice el nombre de la dependencia y el número de formato. Dice mi nombre completo y mi edad. Dice el nombre de mi mamá, que es mi madre y que otorga su consentimiento. Dice el nombre de la empresa y el giro. Dice que el menor podrá prestar sus servicios en horario diurno sin exceder la jornada de ley, con el fin de aprender el oficio. Dice la fecha. Abajo están las dos firmas y el sello, que en la copia salió gris.
La señora me dio la copia caliente y el original. Doblé el original en ocho igual que estaba y lo metí atrás en la cartera. La copia la doblé en cuatro y la puse en la bolsa de atrás con la hoja de Calidad y el recibo.
El martes se la di a la de RH en su puerta. La vio por encima. La puso en un fólder. Dijo gracias.
Esa semana todavía trabajé en el turno de la mañana con la mesa de siempre. El viernes en el lunch la mesa entera habló del sábado. El de la doce iba a ir a Rosarito con unos primos que venían de Chula Vista. Los otros de la doce iban a la Revu otra vez, al mismo lugar, porque el de la doce les había dicho que era barato hasta las nueve y ahora lo decían ellos. La de junto iba a llevar al niño a la playa si no hacía frío. Smiley dijo que él iba a dormir. Kevin dijo que él tenía planes y no dijo cuáles, y la mesa se rió sin que dijera nada más.
A mí me preguntó el de la doce.
"¿Y tú, qué haces el sábado?"
"Trabajo."
"¿Cómo que trabajas?"
Le dije que el turno que cierra. Que descansaba martes y miércoles.
"No manches. ¿Y quién más?"
Le dije que Brenda.
"Ah. Los del permiso."
Dijo que qué mal y siguió hablando de Rosarito. Yo me acabé la torta.
Smiley me alcanzó en la fila a las cuatro. Dijo que el turno que cierra tiene bono de cierre. Es por cerrar el sistema con cero llamadas en cola y lo pagan a partir de los seis meses de antigüedad. Dijo que yo no lo iba a ver todavía y que era para que supiera que existía. Le dije que okay.
El lunes entré a las once. El piso a las once ya está lleno y con ruido, y a esa hora llegas a la mitad. Mi lugar era el mismo, el de la copiadora, pero la de junto ya no era la de junto. Su silla la tenía uno del turno de la tarde que no conozco, con la foto del niño quitada y la cinta todavía pegada al monitor. Brenda estaba tres lugares más allá, en la orilla de la fila, donde antes se sentaba el de la doce. Los demás de la fila eran de la tarde y hablan entre ellos en su inglés igual que los de la mañana.
A las dos bajé a comer. La cafetería a las dos está casi vacía y a Emma ya nada más le quedan de jamón. Me senté en la mesa de la esquina solo. A las dos y diez llegó Brenda con su charola y se sentó en la otra orilla de la misma mesa. Traía una torta y un jugo. Comió viendo su teléfono. Yo comí viendo la vitrina.
"¿A ti también te dieron martes y miércoles?"
"Sí."
"Qué gacho. Todos mis amigos descansan sábado."
Le dije que sí. Se acabó el jugo y se puso a escribir en el teléfono con los dos pulgares, rápido. A las dos y veinticinco subimos los dos, cada quien por su lado de la escalera.
A las ocho cerré el sistema. Cero llamadas en cola. Smiley lo apuntó en su hoja y apagó las luces de la fila, y bajamos. A esa hora Emma ya cerró y el lobby está con la mitad de las luces. El camión de las ocho y veinte va vacío.
El sábado el piso está a la mitad. La fila de la mañana no viene y las mamparas de ese lado se quedan con las sillas metidas. Emma abre nada más hasta las tres. Los coaches llaman igual que entre semana, o más, porque están en su casa. A las dos bajamos Brenda y yo y comimos en la mesa de la esquina cada quien en su orilla, con la cafetería vacía y Emma ya limpiando. Brenda me preguntó si yo sabía a qué hora pasaba el último camión de la Revu. Le dije que no. Dijo que Omar sí sabía y siguió comiendo. A las ocho cerré y Smiley apagó las luces, y en la calle había gente arreglada esperando taxi.
El martes descansé. Mi mamá se fue a las seis. Me levanté a las diez, que no me había pasado desde que entré, y en la casa no había nada que hacer un martes. Barrí. Fui a la tienda por pan. La calle de tierra estaba seca y sin nadie porque todos estaban trabajando o en la escuela, y los perros estaban dormidos en la sombra. Regresé y me quedé sentado en la cama con la tele apagada hasta que mi mamá llegó a las siete. Me preguntó si no iba a trabajar. Le dije que ahora descansaba martes y miércoles. Dijo ah, y puso a calentar el café.
↑ índiceCapítulo
El coaching de Calidad es cada mes. Te llega en el sistema en una ventanita con la fecha y la hora y dice QA y nada más, y le das aceptar. A mí me llegó para el jueves a las tres. Aux tres. Smiley dijo que eran veinte minutos y que la fila me cubría.
A las tres menos cinco bajé al cuarto sin ventana. La puerta estaba cerrada y se oía adentro una grabación, una voz de mujer diciendo I completely understand, y luego la de Calidad diciendo algo que no alcancé. Me recargué en la pared del pasillo. A las tres salió una de la doce con su copia doblada y se fue sin verme, y la de Calidad asomó la cabeza.
"Come in. Close it."
Cerré. La planta seguía en la esquina. Ahora había también un suéter en el respaldo de su silla, una taza con un gato y una caja de kleenex en la mesa que no estaba la otra vez. Traía gripa. Se sonó antes de que me sentara y tiró el kleenex en el bote con la mano izquierda sin ver. La computadora ya tenía mi nombre de sistema en la pantalla y una lista de cinco grabaciones con la fecha de cada una.
Tenía dos hojas enfrente. Una era mi scorecard del mes. La otra era la lista de los que le tocaban ese día, y estaba tachando mi nombre con lápiz cuando entré. Giró la primera hoja para que quedara de mi lado.
QA MONTHLY SCORECARD Agent Steve Ext 4211 Team SMILEY Calls evaluated 5 Greeting 10 / 10 Verification 10 / 10 Disclosure verbatim 15 / 15 Tone and empathy 17 / 20 Hold etiquette 7 / 10 Dead air control 10 / 10 Resolution 15 / 15 Closing 8 / 10 TOTAL 92 / 100 BONUS ELIGIBLE
"Ninety-two. That's bonus. Congratulations."
Le dije gracias y ella dijo mm-hm y le dio a la primera grabación.
"Now. I'm gonna be honest with you, sweetheart, because I like you. Hold etiquette. Seven."
Era la del señor de Florida, el del hermano en otro estado. La adelantó hasta donde le dije que me permitiera un momento y le puse hold, y dejó correr el hold. En el hold se oye la música de la empresa. Es un piano. Lo dejó correr completo con las manos juntas sobre la mesa y la cara hacia la bocina. No se movió hasta que regresé y dije thank you for holding. Luego lo paró.
"What did you do in there?"
Le dije que buscar la regla del hermano.
"I know. He doesn't. You said one moment and you left him alone with the piano for a minute and twelve seconds. Tell him what you're doing. I'm going to check the enrollment policy for you, it's going to take me about a minute, is that okay. Then go. Then he's waiting for something. Otherwise he's just waiting."
Le dije okay.
"Say it."
Lo dije. Me hizo decirlo otra vez con la mano en el aire marcando cada parte, la pregunta al final con la palma hacia arriba. Lo dije otra vez.
"Good. And when you come back, thank you for holding is not the end of the sentence. Thank you for holding, I have that for you. Say it."
Lo dije. Apuntó algo en la hoja con el lápiz.
"Tone. Seventeen."
Puso la segunda grabación y la tercera, nada más los pedazos donde digo I understand. Los tenía marcados. Cinco pedazos seguidos sin la llamada alrededor. Así se oyen raro, como si fueran de cinco personas distintas.
"You're saying it slower now. I heard it. Two I believed. Two I almost believed. One was a reflex. Which one?"
Le dije que la del batido de vainilla.
"The Georgia lady. Yes."
Hizo la voz de la señora de Georgia, la parte de que ella sabía lo que sabía, con la cabeza de lado y la boca chiquita, y luego hizo la mía diciendo I understand después del clic. Se rió ella sola y se sonó.
"She hung up on you and you said it anyway. That's alright. Just know that you did."
Se sonó otra vez. Sacó de la bolsa de su suéter una bolsita de almendras, comió dos y la volvió a guardar.
"My car's at the shop since Monday. I'm on the bus like everybody. I get here sweating like the rest of you now. Okay. Closing."
Puso la quinta. Una señora de Arizona que cambió de sabor. La adelantó hasta el final. Se oye que ella dice thanks so much y yo digo have a wonderful day, y cuelga ella.
"There. You said it before she hung up. That's the eight. Ten is when she says it back. You'll get it."
Firmó la hoja abajo y me la pasó para que yo firmara donde decía agent. Se quedó con ella y me dio una copia que ya tenía hecha. Luego tachó el resto de mi nombre en la lista.
"You're doing fine, sweetheart. Go on. Tell the next one to give me two minutes."
Salí. En el pasillo estaba el mismo agente de la otra vez recargado en la pared con la diadema colgada del cuello. Cuando abrí la puerta se enderezó y me habló antes de que la cerrara.
"¿Qué te dijo?"
"Que noventa y dos."
"¿Te dijo sweetheart?"
"Sí."
"¿A ti también te dice sweetheart?"
"Sí."
Le dije que le diera dos minutos. Se recargó otra vez en la pared y yo me fui a la fila.
Regresé a las tres y veintidós. Aux tres son veinte minutos y me pasé por dos. Puse aux cero y entró una señora de Missouri que quería saber si el chocolate tenía cafeína. Le dije que le permitiera un momento. Le dije que iba a revisar la información nutricional y que me iba a tomar un minuto, y le pregunté si estaba bien. Dijo que sí. Le puse hold. Regresé al minuto y le dije thank you for holding. No tenía cafeína. Me dio las gracias y le dije have a wonderful day antes de que colgara, y ella no lo dijo de regreso.
En la tarde Smiley pasó por la fila y me preguntó cuánto.
"Noventa y dos."
"Órale. Ése es bono."
Dijo que el bono de calidad cae con la quincena, aparte, y que en el recibo sale con su propio renglón. Siguió a la orilla de la fila y le preguntó lo mismo a Brenda. Ella le dijo un número que no oí y Smiley dijo órale igual, y siguió.
A las ocho cerré el sistema con cero en cola. La copia del scorecard la doblé en cuatro y la puse con las otras hojas en la bolsa de atrás. Ya son cuatro y se nota.
↑ índiceCapítulo
Uriel quedó en el turno que cierra también, con la nueve. Su lunch es a las dos y media y el mío a las dos. Nos tocan quince minutos juntos en la cafetería. De dos y media a dos cuarenta y cinco en la mesa de la esquina, cuando ya no hay nadie.
Ese jueves llegó con una mochila que no le conocía y la puso en la mesa antes que la charola. Sacó una laptop chiquita. De las de diez pulgadas, blanca. La abrió enfrente de mí sin prenderla.
"Mira."
"Está chida."
"No. Mira."
La cerró y la volteó. De la bolsa de enfrente de la mochila sacó un desarmador de relojero. Le quitó cuatro tornillos y los fue poniendo en fila sobre la mesa, en orden, y levantó la tapa de abajo. Adentro se ve una plaquita verde, un ventilador redondo y una placa de metal con aletas.
"Eso es el disipador. Abajo del disipador está el procesador. Entre los dos va una pasta. Pasta térmica. Es gris. Sirve para que el calor pase del procesador al disipador, porque si los pones nada más pegados quedan bolsitas de aire, y el aire no pasa el calor. Con el tiempo la pasta se seca y la laptop se calienta y se apaga sola. La gente cree que se descompuso. No se descompuso. Es la pasta."
Sacó de la misma bolsa una jeringa chiquita con tapa. Adentro tenía la pasta. Le quitó la tapa y me la enseñó y se la puso otra vez sin gastar nada.
"Un chorrito del tamaño de un arroz. No más. La gente le pone mucha y es peor. Y antes de ponerla limpias la vieja con alcohol y un filtro de café, porque la servilleta deja pelusa. Sin pelusa. Sin dedos. Lo pones y aprietas el disipador parejo, y la pasta sola se acomoda."
Le dije que cómo sabía eso.
"Un compa que arma máquinas. Yo le ayudo los sábados. Por eso a mí me las dan."
Volvió a poner la tapa y los cuatro tornillos en el mismo orden en que los había quitado, y la prendió. Prende en menos de un minuto. Tiene el escritorio con una foto de un carro. Me la pasó y la agarré con las dos manos porque pesa nada, y abrí una carpeta y la cerré y se la regresé.
"Te consigo una en abonos. A mí me las dan. Dos mil ochocientos. Quinientos de enganche para apartarla y lo demás en abonos de quinientos con la quincena. Nueva, con cargador y todo."
"Sí."
"¿Sí?"
"Sí."
"El otro jueves te la traigo. Me das los quinientos ese día y ya es tuya."
Se comió su torta rápido porque ya eran las dos cuarenta y cinco. Yo subí a la fila con el sabor de la coca que me había servido de su vaso.
Los quinientos no los tenía. De la quincena le doy a mi mamá dos mil y me quedo con seiscientos. Son diez días de camión y diez tortas de Emma. Diez tortas son trescientos cincuenta. Desde el viernes dejé de comer el lunch. A las dos bajaba a la mesa de la esquina y me sentaba con un vaso de agua de la barra, que Emma da sin cobrar. Emma me preguntó el viernes si nada.
"Nada, gracias."
No volvió a preguntar. A las dos y media llegaba Uriel y comía su torta y me contaba de la laptop y de que ya la tenía apartada. El lunes lo mismo. El martes y el miércoles descansé y en la casa comí lo que había. El jueves lo mismo que el viernes. Con el vaso de agua a las dos el estómago se calla hasta las cuatro, y de cuatro a ocho ya no se calla. Las llamadas de la tarde las tomé con la mano sobre la panza abajo del escritorio, donde no se ve.
El jueves en la mañana me tocó una señora de Kansas que todavía no era coach. Su vecina le había dado un sobre de muestra y quería saber cómo funcionaba el programa antes de comprar. Para eso hay una página del guion. Es la siete. La leí.
HOW THE PROGRAM WORKS It's simple. You replace one meal a day with the shake, and you eat sensibly for your other two meals. The shake gives you the protein and the nutrients your body needs, so you stay full and you don't feel like you're missing out. Most of our customers start with breakfast. Would you like to start with breakfast?
Dijo que sí, que con el desayuno. Le tomé la orden. Le leí el disclosure todo seguido y no lo hice pregunta, y dijo yes. Le dije have a wonderful day antes de que colgara.
A las dos bajé con el vaso de agua. A las dos y media Uriel llegó con la mochila y con su torta. De la mochila sacó una caja blanca cerrada con cinta y la puso en la mesa entre los dos.
"Ya. Ésa es la tuya."
Le di los quinientos. Los traía en la bolsa de enfrente desde la mañana. Cinco de a cien contados tres veces. Los contó él también en la mesa sin esconderlos, y los dobló y se los metió en la bolsa de la camisa. Sacó una libreta chica de espiral y apuntó mi nombre, la fecha y quinientos. Abajo puso dos mil trescientos con una raya al lado, y me enseñó la hoja.
"Ahí vamos apuntando. Cada quincena me das quinientos y yo lo tacho. Te la puedes llevar hoy."
Abrí la caja. Era igual a la de él, blanca, con el cargador enrollado en una bolsita. La prendí en la mesa. Tenía el escritorio azul de fábrica. Uriel me enseñó dónde estaba el ventilador por afuera y me dijo que no la usara sobre la cama porque se tapa, y que en un año le cambiábamos la pasta entre los dos. Luego se acabó su torta y se fue a la nueve.
Me quedé en la mesa con la laptop abierta y el vaso de agua. Eran las dos cincuenta. No había nadie en la cafetería más que Emma, que estaba limpiando la plancha, y yo. Cerré la laptop, la metí en la caja y fui a la barra a devolver el vaso.
Kevin llegó a la barra. Retención come a las tres. Venía solo, sin charola todavía. Se paró junto a mí a esperar a Emma, que estaba de espaldas en la plancha.
"You're not eating again."
Le dije que ya había comido.
"I'll buy you lunch if you're nice to me, mijo."
Me reí.
Emma se volteó. Kevin pidió dos tortas de milanesa. A esa hora ya no hay, pero a Kevin Emma le guarda. Puso una para él y otra para mí. Kevin pagó las dos en la barra de su cartera y Emma no sacó la libreta.
"Eat."
Me la comí ahí parado en la barra con la caja de la laptop abajo del brazo. Kevin se comió la suya junto a mí hablando de un coach de Fresno que era otro, no el de antes, y que también llamaba cuatro veces. A las tres se fue a su mesa con los de retención, que iban bajando, y yo subí a la fila con la caja.
Puse la caja abajo del escritorio junto a mis pies y la fui tocando con el zapato entre llamadas hasta las ocho.
En el camión la llevé en las piernas con las dos manos encima. En la casa mi mamá estaba despierta. Me preguntó de dónde. Le dije que en abonos, de un compa del trabajo, y que ya había dado el enganche. La vio sin abrirla. Dijo que la cuidara y que no la dejara en el camión, y se fue a acostar. La abrí en la mesa de la cocina con la luz apagada para no gastar. La pantalla alumbraba la mesa y el frasco de las monedas, que seguía vacío.
↑ índiceCapítulo
El lunch fue un vaso de agua otra vez, porque el otro abono cae el viernes. Después del lunch me tocó un coach de Tennessee que quería devolver el batido.
Se llamaba Dale. Lo dijo al principio y lo volvió a decir a la mitad por si se me había olvidado. Había recibido su caja el martes. Había probado el de chocolate el miércoles en la mañana y el de vainilla en la tarde. Quería regresar la caja completa y que le devolvieran su dinero, y quería que quedara claro que no estaba enojado con nadie. Atrás de él se oía un perro y una tele. Me preguntó de dónde le estaba hablando. Le dije que de México, porque el guion dice que no se da la ciudad. Dijo que nunca había ido y que le gustaría.
"It tastes like the box it came in. I'm not saying that to be funny. I'm telling you what it tastes like."
Le dije I understand. Le pregunté si lo había preparado con agua o con leche, porque el guion dice que se pregunte. Dijo que con leche entera, de la lechería de un vecino, y que ni así.
"It tastes like the box it came in. I opened the box and I smelled the box and then I drank the shake and it was the same thing."
Puse el mute. Me reí. Quité el mute.
Le dije I understand.
La política dice que se puede devolver la caja abierta si no ha pasado el mes. Le dije que sí se podía y que le iba a mandar una guía prepagada al correo. Dijo que qué bueno. Dijo que su hermana era coach y que por eso había entrado. Dijo que a su hermana le encantaba y que él la quería mucho, pero que él no iba a seguir tomando una cosa que sabe a cartón.
"Like the box. Like the actual box. I want to make sure you're writing that down."
En las notas de la llamada escribí customer states product tastes like the box it came in, porque él quería que quedara escrito, y se lo leí. Dijo that's it. That's exactly it.
Puse el mute. Me reí más. El de junto me volteó a ver y le hice que no con la mano. Quité el mute.
Le dije I understand.
Le pregunté si quería cancelar el autoship o nada más devolver la caja, porque son cosas distintas y el guion dice que se ofrezca antes la devolución sola. Dijo que todo. Dijo que lo sentía mucho. Le dije que con gusto lo pasaba a retención, que es el departamento que cancela. Dijo que okay, pero que antes quería que yo supiera una cosa más.
"Son, I've had army food. This is worse. It tastes like the box it came in."
Puse el mute. Ya no me salía la risa con sonido, nada más el aire. Quité el mute.
Le dije I understand.
Le dije que lo iba a pasar a retención. Dijo que antes quería decirme que yo tenía buena voz para esto, y que se lo dijera a mi jefe de su parte. Le dije gracias. Lo pasé. Le dije have a wonderful day y él dijo you too, son, you've been real patient, y se fue a la cola de retención con su caja y su hermana y su perro.
Cerré la llamada con el código de devolución y me quedé un rato con la diadema puesta sin poner aux cero, con la mano en la boca. El de junto me preguntó qué. Es de la tarde y trae una gorra que se quita para cada llamada y se vuelve a poner entre una y otra. Le dije que nada, que uno de Tennessee. Se puso la gorra. Puse aux cero.
En la orilla de la fila de junto alguien levantó la mano. Levantar la mano en la fila es que no puedes con la llamada. Smiley fue. Se puso la diadema del que había levantado la mano. Oyó. Dijo en voz alta si alguien hablaba portugués.
No hablaba nadie. Smiley lo dijo otra vez más fuerte, hacia las filas de atrás.
Bob se paró en la fila de atrás. Es enorme. Cruzó despacio entre las mamparas hasta la fila de junto. Se inclinó sobre el lugar del que había levantado la mano. Se puso la diadema de él con ambas manos y dijo bom dia. Smiley se quedó parado atrás de él con los brazos cruzados.
Habló un rato largo. Yo tomé llamadas mientras tanto y entre una y otra lo oía. No entiendo portugués, pero se oía igual que cuando Bob habla inglés. Despacio. Con la voz baja. Esperando a que el otro termine. En un momento se rió con la señora de la línea, y la risa también era la misma. Tecleó en la máquina del otro con un dedo, con la diadema puesta, y el otro se hizo a un lado en su silla para dejarlo. Al final dijo obrigado, y luego otra cosa, y colgó. Le devolvió la diadema al de la fila de junto y le tocó el hombro. Smiley le dijo gracias y Bob dijo sure. Se regresó a su lugar entre las mamparas despacio, por donde había venido.
El de la fila de junto se quedó con la diadema en la mano viendo hacia donde se había ido Bob.
"¿Cuántas habla?"
"Un montón", dijo el de junto a mí. "Las aprendió adentro."
El de la fila de junto dijo ah y se puso la diadema.
En la tarde hubo poco. Una señora de Utah que quería cambiar a fresa. Un señor que se equivocó de número y se disculpó. Al cerrar el sistema no había nada en cola y Smiley lo apuntó.
Bajé por las escaleras del estacionamiento. En el descanso no había nadie. Bob iba adelante de mí, más abajo, con la lonchera, y desde arriba se le veía la coronilla blanca. Bajaba despacio, con los pies juntos en cada escalón. Cuando llegó abajo no volteó. Yo me esperé en el descanso hasta que se le vio dar la vuelta hacia la calle, y luego bajé.
↑ índiceCapítulo
El jueves cuando llegué a las once había una niña en la tres.
La tres es la fila de chats. Ahora tiene la mitad de las sillas vacías porque chats se quedó con cuatro. En la que fue mía estaba sentada una niña de unos tres años con las piernas colgando. Tenía enfrente un teclado sin máquina y le pegaba a las teclas con los dedos abiertos. Traía un jugo de cajita con popote. En la silla de junto había una bolsa de mandado con sus cosas.
Era la hija de la de la foto. La de la foto se sentaba junto a mí cuando yo estaba en la once de la mañana. Ahora está en la fila de la mañana, la seis, que queda del otro lado de la tres. Desde su lugar la ve. Toma las llamadas con los ojos cerrados igual que antes. Entre una y otra los abre y ve hacia la tres, y la niña sigue ahí, y los vuelve a cerrar.
Me senté en mi lugar. El de la gorra me dijo que la niña estaba desde las nueve. Que la guardería le había subido y no le alcanzó. Que la hermana que se la cuidaba estaba enferma. Que el de la foto, el niño, ése sí estaba en su kínder. Que Smiley la había visto a las nueve y media y había dicho que la fila de la mañana no era de él, y había seguido.
Smiley pasó a las once y cuarto por atrás de mi silla. Vio hacia la tres. Siguió.
La niña no lloró en toda la mañana. Se bajó de la silla dos veces y su mamá abrió los ojos las dos veces. Una vez fue al baño con ella en el break. La otra vez la niña nada más dio la vuelta a la fila y se volvió a subir. Emma subió a la una con un plato de papas y un jugo nuevo y se los puso en el teclado sin máquina, y la niña le dijo gracias. A la una la de la foto se la llevó a comer a la cafetería. A las dos bajé yo y ya estaban de regreso en la tres.
A las tres bajó el súper.
Baja poco. Bajó por la escalera de en medio con su gafete en el cinturón y cruzó el piso por el pasillo de las filas despacio, viendo las pantallas. Cuando llegó a la altura de la tres se paró. Vio a la niña. La niña lo vio a él y siguió pegándole a las teclas. El súper no le dijo nada. Fue hasta la seis y se paró atrás de la de la foto. Esperó a que colgara. Le dijo algo en voz baja. Ella se quitó la diadema y subió con él por la escalera de en medio.
La niña se quedó en la tres.
Smiley vino a mi lugar. Dijo que me iba a poner en la cola de la mañana también mientras la de la foto bajaba, porque la fila de la mañana estaba en lunch y no había quién. Dijo que la niña se sentara conmigo mientras. En la silla vacía de junto a la copiadora, porque en la tres sola no. Le dije que sí. Fue a la tres y se agachó y le dijo algo a la niña. La trajo de la mano con su bolsa de mandado y su teclado sin máquina y la sentó junto a mí, y le puso el teclado en el escritorio.
De las tres y cinco a las cuatro menos cuarto tomé las dos colas. Entran mezcladas y no se sabe cuál es cuál hasta que hablan. La niña le pegaba a las teclas con los dedos abiertos y cada rato me preguntaba algo. Que si el mío sí tenía luz. Que si yo también hablaba inglés. Que dónde estaba su mamá. Yo ponía el mute y le contestaba y quitaba el mute, y la señora de la línea seguía hablando y yo le decía I understand. Con una señora de Texas me pasé de cinco minutos de handle. La niña quería saber qué decía la señora y le dije que quería cambiar de sabor, y la niña dijo que de chocolate, y yo le dije a la señora that would be chocolate, y la señora dijo que no y que vainilla, y ya no supe en qué iba. El handle de esa llamada salió en nueve minutos. El de la de después salió en siete.
A las cuatro menos cuarto la de la foto bajó sola por la escalera de en medio. Fue a la seis. Agarró su bolsa y su suéter. Se quitó el gafete y se lo colgó de la bolsa. Vino a la once por la niña. Me dijo gracias. Le dijo a la niña que se despidiera y la niña me dijo adiós con la mano abierta, igual que le pegaba a las teclas. Se fueron por el pasillo de las filas con la bolsa de mandado y sin el teclado, que se quedó en mi escritorio.
Smiley me quitó de la cola de la mañana a las cuatro. Vio mi pantalla un rato.
"Nueve y siete."
"Sí."
"Ni modo."
El viernes la de la foto vino sola y se sentó en la seis a las nueve. Yo la vi cuando llegué a las once. Tenía la foto del niño pegada en el monitor nuevo.
Y en la pared del pasillo junto al aux de la copiadora había un memo. Hoja tamaño carta, en inglés, con el logo arriba y cinta en las cuatro esquinas.
MEMORANDUM TO ALL FLOOR PERSONNEL FROM SITE MANAGEMENT RE MINORS ON THE PRODUCTION FLOOR Effective immediately, minors are not permitted on the production floor at any time, for any reason. This includes breaks and lunch periods. Team leads are responsible for enforcing this policy. No exceptions will be made. Thank you for your cooperation.
Lo leí completo. Había otro igual en la puerta de RH y otro en la cafetería junto a la vitrina. Nadie lo estaba leyendo. La gente pasaba con el gafete en la mano y entraba a su fila.
El viernes Smiley pasó a las seis con su hoja. El AHT de la semana me salió arriba de la meta por los nueve y los siete del jueves. El bono de la semana es de AHT y adherencia juntos. Dijo que la adherencia bien y el AHT no. Que la otra semana.
En el camión de las nueve y media del lunes iba la de la fila de atrás. Es de retención y agarra el mismo camión que yo desde más arriba, de donde el camión ya viene lleno. Hace tres horas de su casa al edificio. Deja a dos en la escuela a las siete y a la chiquita con su hermana, y de ahí baja al bulevar. La conozco del camión de antes, el de las siete y media de cuando yo estaba en la mañana. Ese lunes iba parada junto a mí agarrada del tubo. Me dijo que su hermana se iba a Mexicali el domingo con el marido y que todavía no sabía con quién iba a dejar a la chiquita. Le dije que qué mal. Dijo que ya vería. Se bajó en la puerta de vidrio antes que yo con su bolsa y entró a la fila de atrás.
El memo seguía en la pared del pasillo. Lo volví a leer al pasar. Decía lo mismo.
↑ índiceCapítulo
El jueves comí solo.
A las dos bajé con la mesa como siempre. En la barra pedí una Maruchan de camarón en vez de torta. Ocho pesos. La pagué. Emma le puso el agua de la cafetera y la tapa y me dio el tenedor. En vez de irme a la mesa de la esquina me fui a la de junto a la puerta, la que da a la ventana, y me senté de espaldas a la esquina.
En la mesa de la esquina hablaban en su inglés. Desde la puerta se oye igual. Se oyen las palabras y se oye cuándo se ríen. La semana pasada yo había dicho que sí con la cabeza todos los días de dos a dos y media y ya no me acordaba de qué. Ese día no dije que sí con la cabeza. Me quedé viendo la ventana con la Maruchan tapada enfrente, esperando los tres minutos. Por la ventana se ve el estacionamiento de abajo y la esquina de las escaleras. A esa hora no pasa nadie.
En la mesa de en medio estaban Bob y Neto. Queda entre la mía y la esquina.
Bob baja a las dos aunque no es de nuestro turno. Trae la lonchera de metal. Ese día la abrió en la mesa y sacó dos recipientes de plástico iguales, de los redondos con tapa azul. Puso uno enfrente de él y el otro se lo pasó a Neto. Sacó dos tenedores envueltos en una servilleta y le dio uno. Neto venía de un doble. Se le nota porque trae la camisa de ayer y se sienta despacio, con las dos manos en la mesa. Está más flaco que en las escaleras. Ya no trae chicle.
Destaparon los recipientes. Era arroz con pollo y frijoles, igual en los dos, con la tortilla doblada encima. Bob come despacio. Neto también, pero como si contara. Bob no le dijo nada del recipiente y Neto no dijo gracias. Nada más destapó y empezó.
Le quité la tapa a la Maruchan. Todavía estaba dura en medio. Le puse la tapa otra vez.
Hablaron del partido del domingo. Neto no lo había visto porque estaba en el turno de la noche y Bob se lo contó gol por gol con el tenedor en la mano. Que el primero fue de cabeza. Que el segundo fue penal y que no era. Que el portero de ellos se lastimó y metieron al otro, al chavo, y que estuvo bien. Neto dijo que ése siempre está bien y que por eso no lo ponen. Bob se rió. Tiene la risa baja igual que la voz, y cuando se ríe no abre mucho la boca. Habla español con acento de allá, con las erres suaves, y no se equivoca en nada.
Luego hablaron de si el de la Cinco y Diez ya había cambiado de ruta. Neto dijo que sí. Que desde el lunes ya no subía por donde subía y que ahora se iba por la Insurgentes y lo dejaba más lejos. Bob dijo que no. Que ése era el otro, el que dice Cinco y Diez pero es de la otra base, y que el de siempre seguía igual. Neto dijo que él se había subido el martes y que no. Bob dijo que a lo mejor era el martes nada más, por una obra. Neto dijo que a lo mejor. Bob dijo que el viernes lo iba a checar él. Neto dijo que el viernes no venía. Bob dijo que entonces el lunes. Se quedaron con eso.
Yo me comí la Maruchan. El caldo me lo tomé del vaso. En la mesa de la esquina se rieron de algo y Smiley le dijo vámonos a la de junto de él, que todavía no acababa, y ella le dijo que ya, ya, con la boca llena.
Bob acabó primero. Puso la tapa en su recipiente y esperó a Neto con las manos en la mesa. No sacó el teléfono. No vio hacia la ventana. Nada más esperó. Neto acabó con la tortilla, limpiando el recipiente con ella hasta que quedó como nuevo, y le puso la tapa y se lo regresó. Bob metió los dos en la lonchera uno arriba del otro, con los dos tenedores en la servilleta, y la cerró.
"¿Mañana doble?"
"Mañana no. El sábado."
"Okay."
Bob se paró. Se para despacio, primero las manos en la mesa y luego el resto. Le tocó el hombro a Neto al pasar y se fue con la lonchera por la puerta de la cafetería hacia las escaleras del estacionamiento. Por la ventana se le vio cruzar el estacionamiento de abajo y dar la vuelta en la esquina de las escaleras. Neto se quedó sentado un rato más, solo, con las manos en la mesa. Luego se paró y subió a la nueve.
A la mesa de la esquina se le acabó el lunch. Pasaron junto a mí con sus platos. El de la gorra me preguntó por qué no me había sentado con ellos.
"Quería ver la ventana."
Se rió y dijo que qué tenía la ventana. No le contesté y se fue a la barra con su plato. Brenda pasó atrás de él con su charola y no preguntó nada.
Me quedé hasta las dos y veintiocho. Tiré el vaso de la Maruchan en el bote junto a la barra. Emma me dijo que mañana ya iba a tener de milanesa otra vez, que había conseguido al de la carne. Le dije que okay. Subí.
En la tarde Neto tomó llamadas en la nueve hasta las ocho y yo lo veía de lado cuando me paraba al baño. Estaba igual, con la diadema puesta y las dos manos en el escritorio. A las ocho cerré el sistema con cero en cola y Smiley lo apuntó. En las escaleras del estacionamiento no había nadie ni colillas, y en el segundo descanso el letrero de NO FUMAR tenía una esquina despegada que antes no tenía.
↑ índiceCapítulo
El viernes de quincena saqué mil en el cajero del lobby. En el recibo de esa quincena el bono de calidad venía en su propio renglón con un más, igual que dijo Smiley. Lo leí dos veces en la puerta de RH y lo doblé con los otros. Ochocientos de los mil eran para Uriel. Me lo había dicho el jueves en la mesa, que si podía dar más de quinientos lo acabábamos antes, y que a él le convenía porque el compa le cobraba a él por adelantado.
"Ochocientos."
"Órale."
A las dos y media llegó con la mochila y con el refresco de dos litros. Lo compra en la barra y Emma le da dos vasos de vidrio sin que se los pida. Sirvió los dos. Luego sacó la libreta.
Traía otra libreta. Pasta dura, forro de papel azul y una etiqueta blanca en la portada que decía ABONOS con plumón. La abrió en la mesa y la giró para que yo la viera, igual que la de Calidad gira el scorecard.
"Mira cómo la tengo."
Cada hoja era una persona. Arriba el nombre y la fecha de la entrega y el total. Abajo una columna con la fecha de cada abono y otra con la cantidad y otra con lo que iba faltando, y una raya en cada renglón que ya estaba pagado. Pasó las hojas con el dedo para que yo viera que todas estaban iguales. Doce hojas con nombre. Reconocí a tres de la nueve y a uno de la doce. Reconocí a la de la seis que se sienta junto a la de la foto y al de la gorra. Los demás no. La mía era la cuarta. Uriel la abrió y apuntó la fecha y ochocientos. En la tercera columna puso mil quinientos y le pasó la raya al renglón de arriba.
"Ya casi. Con el otro ya nomás te falta uno."
Le di los ocho de a cien. Los contó en la mesa, los dobló, se los metió en la bolsa de la camisa y cerró la libreta. Uno de la doce pasó por la mesa con su plato y le dijo a Uriel que el viernes que entra. Uriel dijo órale sin abrir la libreta. Luego la guardó en la mochila y sacó una hoja doblada.
"¿Sigues queriendo retención?"
"Sí."
Le había pedido a Smiley que me pusiera en la lista para cuando abrieran lugar en retención, por el bono. Smiley había dicho que sí, que cuando abrieran. Uriel se había enterado y dijo que él ya se sabía el guion de retención porque le tocaba cubrir a veces, y que me lo enseñaba.
La hoja era la página de retención. La del save offer.
RETENTION - SAVE OFFER I completely understand, and I want to make sure you get the most out of your program. Before we process that cancellation, I'm able to offer you twenty percent off your next shipment, and I can push your next ship date out by thirty days so you have time to catch up. Would that help you stay on track?
"Sin ver. A ver."
Lo leí dos veces y lo dije sin ver. Me trabé en shipment. Uriel lo dijo con la boca cerrada al final, y lo dije otra vez. Dijo que ya. Dijo que lo que importa es que no pares después de cancellation. Que si paras ahí el cliente dice yes, cancel it, y ya te fuiste. Que se dice todo seguido hasta on track.
"Igual que until."
"Igual que until."
Me sirvió más refresco. Se comió su torta contándome que el compa de los sábados ya le había dicho que iban a llegar unas de doce pulgadas, negras, mejores. Que la de él se la iba a vender a alguien de la doce y se iba a quedar con una negra.
"Está chida la blanca."
"Sí. Pero la negra más."
A las dos cuarenta y cinco recogió sus vasos y los llevó a la barra y subió a la nueve.
En la noche abrí la laptop en la mesa de la cocina con la luz apagada. En la casa no hay internet. Abrí el bloc de notas y escribí el save offer completo sin ver, y lo leí, y estaba bien. Lo borré. Luego escribí el disclosure, también sin ver, y también estaba bien, y también lo borré. La apagué y la metí en la caja y la caja abajo de la cama.
De esa quincena no le di nada a mi mamá. De los mil quedaron doscientos. Los mil seiscientos que quedaban en la tarjeta eran diez días de camión y diez tortas y lo que le debía a Emma de la semana, que otra vez había apuntado tres. El viernes en la noche mi mamá no preguntó. El sábado tampoco. El domingo dijo que el gas se iba a acabar. Le dije que sí. No dijo nada más y yo tampoco.
Omar se cambió al turno que cierra. Apareció en la lista de la puerta de RH el lunes, en la fila de atrás, con el horario de once a ocho. Por el bono, dijo en el pasillo cuando el de la gorra le preguntó. El bono de cierre.
La otra quincena saqué setecientos. Uriel había dicho que con setecientos quedábamos en dos mil y que ya nomás faltaba uno de ochocientos. Que si quería lo dejábamos en dos de cuatrocientos, como yo pudiera.
"Uno."
A las dos y media llegó con el refresco y la mochila y la libreta azul. Abrió mi hoja. Apuntó la fecha y setecientos y en la tercera columna ochocientos, y le pasó la raya al renglón de arriba.
"Dos mil. Ya es más tuya que mía."
Me reí. Él también.
Me enseñó otra vez la libreta sin que le pidiera, para que viera cómo iban los demás. Había dos hojas nuevas al final. Catorce. Dijo que la de la seis ya había acabado de pagar la suya y me enseñó la raya de abajo, la del cero. Dijo que ésa ya era la primera. Luego la cerró y la guardó y sacó la hoja del save offer y me la puso enfrente.
"Sin ver."
Lo dije sin ver, todo seguido, sin parar en cancellation, hasta on track. Shipment con la boca cerrada. Uriel dijo que ya estaba. Que con eso Smiley me podía pasar el día que abrieran. Sirvió lo que quedaba del refresco en los dos vasos y nos lo acabamos. Él llevó los dos a la barra y la botella vacía la dejó en la mesa para que yo la tirara, porque a él ya se le hacía tarde.
A mi mamá le di mil quinientos de ésa. Contó los billetes en la mesa de la cocina y los dobló. Me preguntó si la laptop ya era mía.
"Casi. Un abono."
Dijo ah, y puso a calentar el café.
↑ índiceCapítulo
A los de mi turno nos toca el lunch a las dos, cuando ya comieron los demás y a Emma nada más le quedan de jamón. Smiley pidió que su equipo comiera junto. La mesa de la esquina es de nosotros. Queda abajo del ventilador. Yo me siento en la orilla, en la silla que queda pegada a la pared. Brenda se sienta en la otra orilla con su teléfono. Kevin baja a las dos aunque retención come a las tres, porque a las tres ya no hay milanesa, y se sienta en nuestra mesa como si fuera de la fila.
Kevin me compró la torta el martes y el miércoles y el jueves. El martes lo dijo delante de la mesa y todos se rieron. El miércoles lo dijo y nada más se rió él. El jueves ya no dijo lo de que fuera lindo con él. La puso en la mesa. De jamón con queso, con todo. Se sentó del otro lado con la suya. La suya era de milanesa. Las de milanesa cuestan diez pesos más y a esa hora ya no hay, pero a Kevin Emma le guarda.
"Eat, mijo. You're skin and bones."
Le di las gracias y empecé.
El tema ese día lo trajo el de la gorra. Había tenido un coach en la línea, de Fresno, que le habló veinte minutos de su marido.
"Su marido, güey. He goes, my husband and I. My husband and I. Y yo, okay sir, okay sir. Y le contesté todo bien y le puse sus puntos y todo, but bro."
"¿Pero qué?", dijo la de enfrente.
"No, nada. Que ya es otra cosa. Cada quien puede ser lo que quiera, ¿verdad? Pero ya casarse y andarlo diciendo en la línea, eso ya es de la persona. Ya es una falla de la persona."
Kevin estaba comiendo. Se limpió la boca con la servilleta con cuidado, las dos comisuras.
"¿Y le diste los puntos o no le diste los puntos?"
"Sí, cómo no."
"Then you're the one who married him, honey."
Todos se rieron. El de la gorra también. Le dijo "no manches, Kev" y le pasó la salsa sin que se la pidiera, y le preguntó si al rato le ayudaba con un retention que traía pendiente, porque a Kevin los de retención le duran la mitad. Kevin le dijo que sí.
Yo también me reí.
La de enfrente dijo que ella tenía una amiga en la prepa que era así y que era buena onda, pero que era otra cosa, porque era mujer. El de la gorra dijo que él de morro una vez, en Chula Vista, pero que andaba bien pedo y no contaba. Se rieron. Kevin le dijo "it always counts" y él le dijo "ya, güey" riéndose, y Kevin se rió con él. Luego la de enfrente le pidió a Kevin que le cubriera diez minutos de su break y Kevin le dijo que sí. Smiley dijo que en su fila cada quien hacía lo que quisiera saliendo del edificio y que adentro se hablaba de coaches, y se rieron de él, y Smiley se rió con la boca llena. Brenda seguía en su teléfono.
Yo me comí la torta. Tenía mucha mayonesa. Emma les pone mucha mayonesa a las de jamón y se le puede decir que sin. Yo no la había pedido. La había pedido Kevin. No me iba a levantar a decirle nada a Emma.
"¿Y tú qué, calladito?", me dijo el de la gorra. "Ya te compró el lonche el Kevin. ¿Qué le diste?"
"Nada."
"Nada", dijo el de la gorra, y se rió, y la de enfrente se rió.
"He's paying me back", dijo Kevin.
Y todos se rieron otra vez, y yo me reí, y luego me volví a reír porque el de la gorra me seguía viendo y ya me había reído una vez y no había sido suficiente, y agarré la torta y le di una mordida grande para tener la boca ocupada, y estaba muy grande la mordida, y la mayonesa se me salió por el lado y me la limpié con la mano, y para cuando acabé de masticar ya estaban hablando de otra cosa, de que si Fresno era California de a de veras o era otra cosa, y el de la gorra decía que era otra cosa.
Kevin me pasó una servilleta.
Sobraban doce minutos del lunch. El de la gorra se fue a fumar y la de enfrente se fue con él. Se fueron hablando en inglés, del suyo, del que hablan entre ellos, y lo último no lo entendí. Smiley se fue a la barra por un café. Brenda se paró con su charola y se fue por la escalera sin decir nada, con el teléfono en la mano. Kevin recogió los dos platos, el suyo y el mío, y los llevó a la barra. Emma sacó la libreta de abajo de la barra y la abrió en una hoja que ya iba a la mitad. Le apuntó las dos tortas en la hoja de él. Kevin firmó con el dedo en el aire y Emma se rió.
Me quedé sentado los doce minutos. A esa hora la mesa de la esquina se queda sola y el ventilador le pega derecho. Desde ahí se ve la barra. Se ve a Emma guardar la libreta abajo. Se ve a Kevin subir por la escalera con las manos en las bolsas, despacio, sin voltear.
Regresé a la fila a las dos y treinta y uno. El aux de lunch es de treinta y me pasé por uno. Un minuto no es acta. La primera llamada fue una señora de Arizona que quería cambiar de sabor. Le dije thank you for calling. Le dije I understand, and I'm going to help you with that today. Le cambié el sabor a vainilla y me dio las gracias, y le dije have a wonderful day antes de que colgara, y ella dijo you too. Dos cuarenta de handle. Está dentro.
En la tarde el de la gorra le llevó a Kevin su retention pendiente a la mesa de retención. Kevin se puso la diadema de él y lo salvó en cuatro minutos con el save offer y algo más que no está en la hoja. El de la gorra le dijo eres un chingón, Kev, y Kevin le dijo I know, y el de la gorra regresó a la fila con su hoja y me la enseñó por encima de la mampara con el pulgar arriba. Luego se puso la gorra y tomó la siguiente.
A las cinco Kevin pasó por la fila hacia el baño y al pasar por mi silla me puso la mano en el hombro un segundo, sin parar, y siguió. El de la gorra no lo vio porque estaba en llamada. Brenda estaba en la orilla, en llamada también.
A las ocho cerré el sistema con cero en cola. Smiley lo apuntó. Bajé por la cafetería, que ya estaba cerrada con la reja a la mitad. Emma estaba adentro contando la caja con la libreta abierta junto a la caja. No me vio. Salí por el estacionamiento.
↑ índiceCapítulo
El lunes Smiley no vino.
A las once la fila estaba sin jefe. Nadie sabía dónde poner el aux porque el aux de la fila lo abre el jefe desde su máquina, y estuvimos parados junto a las sillas hasta que el de la nueve vino y lo abrió desde la suya y dijo que él nos cubría el día. Se paró atrás de nosotros dos veces en la mañana con los brazos cruzados y luego se regresó a la nueve. En el lunch la mesa de la esquina habló de eso. El de la gorra dijo que Smiley nunca faltaba. La de enfrente dijo que a lo mejor estaba enfermo. Brenda dijo que a lo mejor y siguió en su teléfono. A las seis nadie pasó con la hoja. A las ocho cerré el sistema con cero en cola y no hubo quién lo apuntara. El de la gorra lo apuntó en un papel para que Smiley lo pasara mañana y me enseñó el papel.
El martes Smiley llegó a las once menos cinco. Venía rapado de ese día. Se le veían las llamas completas desde atrás de las orejas hasta arriba, brillosas por la navaja. Los martes hace junta. Son cinco minutos parados en la fila antes de poner aux cero. Dice los números de la semana pasada y lo que quiere para ésta, y luego dice órale y nos sentamos. La hizo como siempre. Adherencia noventa y cuatro. AHT dentro. Que la de la seis de nosotros andaba baja en calidad y que le echara ganas. Que el viernes había junta con el súper y que quería la fila en noventa y cinco para ese día. Órale.
El de la gorra le preguntó que qué había pasado el lunes.
"Problemas en la casa."
Dijo órale otra vez y nos sentamos. Él se fue a la orilla de la fila a ponerle aux a Brenda, que no le jalaba, y le jaló.
A las doce y cuarto bajé a las escaleras. Neto no estaba porque ese día no hacía doble y el de la nueve lo tenía en la fila. Estaba el de cuadros con otro de la nueve que no conozco, fumando uno entre dos. Me dieron dos jalones.
"¿Ya viste a Smiley?"
"Sí."
"Fueron los municipales", dijo el de cuadros. "El domingo en la noche. La señora llamó."
"No fue la señora", dijo el otro. "Fue la vecina. La señora no iba a llamar."
"Fue la señora. Me lo dijo el de la doce, que vive por allá."
"El de la doce no vive por allá."
"Por allá cerca."
El otro dijo que él había oído que nada más se lo llevaron a declarar y lo soltaron en la mañana. Que por eso el lunes no vino. Que por eso el martes venía rapado, porque en la delegación no te dejan rasurarte. El de cuadros dijo que en la delegación nadie te quita la navaja. Que lo soltaron el lunes en la tarde. Que la señora fue por él.
"Si la señora llamó no va a ir por él."
"Pues fue."
Se acabaron el cigarro. El de cuadros guardó la colilla en la cajetilla igual que hace Neto y subimos. En el descanso el letrero de NO FUMAR seguía con la esquina despegada. Alguien le había puesto un pedazo de cinta que no aguantó.
El jueves llegué tarde. El camión se quedó en el bulevar con el cofre abierto y el chofer nos bajó a todos y nos dijo que el siguiente. El siguiente pasó lleno. Me fui caminando hasta la parada de adelante para agarrarlo antes de que se llenara, y ése también pasó lleno, y el tercero paró. Llegué a las once y veinticinco. Subí sin pararme en el lobby.
Smiley estaba en la fila con su hoja. Cuando pasé me vio y no dijo nada. Vi mi pantalla. Tenía aux cinco desde las once.
Puse aux cero y entró una llamada. A la una Smiley pasó por atrás de mi silla y se paró un segundo.
"Sistemas ya sabe."
Siguió a la orilla de la fila, donde el de la doce tenía la mano levantada.
En la tarde hubo poco. Una señora de Michigan que quería saber si el batido se podía tomar caliente. Le dije que no lo recomendábamos. Me preguntó por qué y le dije que la fórmula estaba hecha para frío, que era lo que decía la base de conocimientos, y dijo que iba a probar igual. Un coach de Texas que quería subir a silver y ya tenía los puntos. Se los subí. Me dijo que era el mejor día de su vida. Le dije have a wonderful day y él dijo I already am.
A las ocho cerré el sistema con cero en cola. Smiley lo apuntó y dijo que el viernes noventa y cinco, y apagó las luces de la fila.
La parada de mi camión está enfrente del edificio, cruzando el bulevar. Desde ahí se ve la puerta de vidrio del lobby y la esquina del estacionamiento de abajo. Del lado de la esquina se ve otra puerta. Es la de atrás. Da al pasillo de RH y de Calidad, es de metal y tiene un foco arriba. Por ahí sale la gente de Calidad y de RH porque su pasillo no da al lobby.
En la parada hay un poste con un letrero de la ruta y los horarios pegados en una hoja de plástico ya despintada por el sol. El último de mi camión dice ocho y cuarenta. Los de antes dicen siete y veinte y ocho, y el de las ocho es el que pasa a las ocho y veinte. Estaba leyendo los horarios cuando se abrió la puerta de atrás.
Salió la de Calidad con su bolsa y su suéter y un fólder. El foco de arriba de la puerta la alumbró un momento. Junto a la puerta estaba el agente del pasillo. El de las dos veces. Recargado en la pared del lado de afuera con las manos en las bolsas. Ella cerró la puerta. Él se enderezó. Se fueron los dos por la banqueta del estacionamiento hacia la esquina, donde está la parada de la Cinco y Diez del otro lado.
También toma la Cinco y Diez.
Mi camión llegó a las ocho y veinticinco. Me subí y me senté del lado de la ventana. Ya no se veía la esquina, nada más el bulevar y las luces de las tiendas cerradas. Llegué a la casa a las nueve y diez. Había café.
El viernes Smiley pasó con la hoja a las seis. Noventa y seis. Dijo que con eso la fila daba noventa y cinco y que el súper había dicho okay en la junta. Siguió a la doce y le dijo lo mismo a otro con otro número.
↑ índiceCapítulo
A las tres y media la de RH vino a la fila.
No baja casi. Cuando baja es por alguien. Entró por el pasillo de las filas con un fólder contra el pecho y se paró en la orilla junto a Brenda y esperó a que colgara. Brenda colgó. La de RH le dijo algo. Brenda se quitó la diadema y puso aux cuatro y se fue con ella por el pasillo. Smiley las vio desde la doce y no dijo nada. La silla de Brenda quedó con la diadema en el escritorio y la pantalla prendida con una llamada en cola que se fue sola a otro.
A las cuatro me paré al baño con aux uno. El baño queda pasando RH. La puerta de RH es de vidrio con la parte de abajo esmerilada y la de arriba clara, y estaba cerrada. Al pasar se oía adentro a la de RH hablando. Por el vidrio de arriba se veía su cabeza y el teléfono en la mano. Del otro lado del escritorio se veía la parte de arriba de otra cabeza que no se movía. La de RH decía algo del sistema y de un formato. Luego dijo la plaga, así, en español, y siguió hablando de otra cosa. No sé de quién.
Entré al baño y salí. Al regresar la puerta seguía cerrada y ya no se oía nada.
Brenda regresó a las cuatro y media. Se puso la diadema y puso aux cero y tomó llamadas hasta las ocho. Smiley pasó por la orilla a las cinco y le dijo algo y ella dijo que sí con la cabeza. A las ocho cerré el sistema con cero en cola y Smiley lo apuntó. Brenda se fue por la escalera antes que nadie.
A las ocho el turno de la noche ya está llegando. Es intake. El del infomercial. Se sientan en la nueve y en la diez, que a esa hora se vacían, y traen sus diademas en bolsas y sudaderas porque en la noche le suben al aire.
Neto venía de la nueve, del turno de día, y se iba a quedar. Lo vi cuando salía yo de la fila con la mochila. Estaba parado en el pasillo con su diadema en la mano viendo la nueve, donde se estaban sentando los de la noche. Está más flaco que en la cafetería. La camisa le queda grande de los hombros y el cinturón tiene un agujero nuevo hecho con algo, más adentro que los de fábrica.
"¿Ya te vas?"
"Sí."
"Cúbreme veinte. Nomás la cola de la nueve hasta las ocho y veinte. Tengo que ir al OXXO por algo antes de que abran la cola de intake y no he comido desde ayer."
"Sí."
"El que sale ahorita es el último, ¿verdad? El tuyo."
"El de ocho y cuarenta."
"Ah. Entonces no."
"Sí. Vete."
Dijo que intake era el del infomercial. Que los que llaman a las tres de la mañana son los que no pueden dormir, y compran lo que salga en la tele, y que lo peor era de tres a cuatro. Lo dijo ya caminando. Se fue por la escalera con la diadema en la mano.
Me senté en su lugar de la nueve con mi diadema y puse su extensión en available desde su máquina, que estaba abierta con su nombre de sistema, y tomé la cola de la nueve.
Entraron tres. Una señora de Oregon que quería saber si el batido servía para el gato. Le dije que estaba formulado para personas. Un coach de Georgia que quería subir a silver y le faltaba un punto, y se lo dije, y dijo que entonces la otra semana. Un señor que preguntó a qué hora abría intake porque quería comprar lo de la tele. Le dije que a las ocho y que lo pasaba. Lo pasé a la cola de intake, que ya estaba abierta, y alguien de la noche lo tomó en la diez y lo oí decir thank you for calling con otra voz, más alta, la de intake. A las ocho y veinte la cola de la nueve se cerró sola. Puse a Neto en aux dos desde su máquina para que no le contara como abandono y me quité la diadema.
Neto regresó a las ocho y veintitrés con una bolsa del OXXO y una coca. Se sentó en su lugar y puso aux cero para intake. Me dijo gracias sin voltear, ya con la diadema puesta, y entró su primera llamada de la noche. Alguien de Nevada. Neto dijo thank you for calling con la boca llena de pan y la voz alta de intake.
Bajé. En la parada el poste decía ocho y cuarenta y eran ocho y veintisiete. El de ocho y cuarenta es el que pasa a las ocho y veinte cuando viene vacío. No pasó. Esperé hasta las nueve con la mochila en las piernas sentado en la banqueta, viendo la puerta de atrás del edificio, que no se abrió, y el foco de arriba de la puerta, que tiene un mosco adentro. A las nueve me paré y me fui caminando por el bulevar hasta la ruta de la Insurgentes. Pasa hasta las diez y me deja abajo de mi colonia por el otro lado. Son cuarenta minutos. Ya no había luz en el yonke ni en la panadería. En el puente del canal la banqueta buena tenía un perro dormido y pasé por la mala. En la parada de la Insurgentes había un señor con una bolsa de pan dormido de pie, recargado en el poste, y se despertó cuando llegó el camión y se subió antes que yo.
Llegué a la casa a las diez y media. Mi mamá estaba dormida. Había café.
El lunes la silla de Omar estaba vacía.
Es la de la orilla de la fila de atrás, la que queda pegada a la mampara de la nuestra. Tenía la diadema desconectada encima del teclado y el gafete no estaba. A las once y cuarto el de la gorra preguntó y el de la fila de atrás dijo que se había ido.
"Se fue a otro call center. Pagan más."
"¿Cuál?"
"Uno de allá por el aeropuerto."
El de la gorra dijo que él también se iba a ir si pagaban más. El de la fila de atrás dijo que todos decían eso, y se rieron. A las once y media alguien de RH vino por la diadema de Omar y se la llevó en una bolsa, y la silla quedó sin nada.
Brenda estaba en la orilla de la nuestra con la diadema puesta, en llamada, viendo su pantalla. A las dos bajamos a comer y se sentó en su orilla de la mesa con su teléfono. No comió. Tomó un jugo. El de la gorra le preguntó si no iba a comer y dijo que no tenía hambre. A las dos y veinticinco subió antes que nadie por su lado de la escalera.
A las ocho cerré el sistema con cero en cola. Smiley lo apuntó. En la parada el poste seguía diciendo ocho y cuarenta y el camión pasó a las ocho y veinte, vacío. Me senté del lado de la ventana.
↑ índiceCapítulo
El jueves Uriel me dijo que mañana. Que mañana era quincena y con ochocientos quedaba en cero, y que me trajera la blanca.
"¿La blanca?"
"Las negras ya llegaron. A los que ya completaron se las cambio. A mí me las dan igual y la negra es mejor. Doce pulgadas, más batería. Me traes la blanca mañana en su caja y el otro jueves te traigo la negra, nueva, con su cargador. Es la misma caja."
Sacó de la mochila una hoja doblada con una foto de una laptop negra impresa en blanco y negro con los números abajo, de las que se imprimen del internet. La puso en la mesa y me la dejó.
"La de la seis ya me dio la suya el lunes. Y el de la gorra ayer."
El viernes saqué ochocientos en el cajero del lobby. Eran los últimos. La comisión fue la misma de siempre y puse que sí. La blanca venía en la mochila en su caja, con el cargador enrollado en su bolsita. En el camión la llevé en las piernas con las dos manos encima igual que el primer día. El señor de la puerta me preguntó qué traía en la mochila tan parada y le dije que una laptop. Dijo que la cuidara.
A las dos y media Uriel llegó a la mesa de la esquina con la mochila y el refresco de dos litros y una bolsa de chicles de las grandes. De las que venden en la barra por pieza, pero entera. La puso en la mesa. Emma le trajo los dos vasos de vidrio sin que se los pidiera y él sirvió los dos y sacó la libreta azul.
Abrió mi hoja. Apuntó la fecha y ochocientos. En la tercera columna puso un cero y lo encerró en un círculo, y le pasó la raya al renglón de arriba. Luego le pasó una raya cruzada a toda la hoja con la regla de la libreta y la giró para que yo viera.
"Cero. Ya es tuya."
Me reí. Él también. Le di los ocho de a cien y los contó en la mesa y se los metió en la bolsa de la camisa con los otros que ya traía, que eran varios.
Saqué la caja de la mochila y se la pasé por encima de la mesa. La abrió. Sacó la blanca y la prendió. Esperó a que cargara el escritorio azul. Abrió el bloc de notas y lo cerró. La apagó. Revisó que el cargador estuviera. La metió otra vez en la caja con cuidado y la bolsita del cargador en su lugar. La caja fue a su mochila, parada junto a la de él.
"El otro jueves. Negra."
"Okay."
Se paró y fue a la barra. Le dijo algo a Emma y Emma sacó de la vitrina las tortas que quedaban, seis, y las puso en una charola. Uriel sacó de la bolsa de la camisa y pagó en la barra contando, y Emma no sacó la libreta. Regresó con la charola y la puso en medio de la mesa. Luego fue a la fila y se paró en la orilla y dijo en voz alta que bajaran los que quisieran, que había tortas.
Bajaron el de la gorra y la de enfrente y dos de la doce. Bajó la de la seis que se sienta junto a la de la foto, que ni es de nuestro turno y estaba en la fila de la mañana en horas extra. Brenda no bajó. Smiley bajó al último con su café y no agarró torta y se sentó en la orilla a ver.
"¿Y esto?", dijo el de la gorra.
"Por los que ya completaron", dijo Uriel. "La de la seis, éste, tú. Ya son tres. Y por los que van a completar."
"Yo no he completado."
"Casi."
Se rieron. Uriel repartió las tortas y los vasos y abrió la bolsa de chicles y la puso en medio para que cada quien agarrara. Luego levantó su vaso y dijo por los que ya completaron, y todos levantaron el suyo, hasta Smiley con su café, y la de la seis dijo salud y el de la gorra dijo salud y yo dije salud. Yo agarré una de jamón, que era lo que había, y un vaso, y dos chicles, y me guardé uno en la bolsa.
La de la seis estaba en su silla traída junto a la mía. Come con dos servilletas, una en la mano y otra abajo de la torta, y entre una mordida y otra se limpia los dedos uno por uno. Me dijo que yo tenía pestañas de niña y que era un desperdicio, y se rió. Me dio la mitad de su torta que no se iba a comer porque estaba a dieta, y me la comí. Dijo que me había puesto rojo. Yo no me vi. Me quedé en esa silla hasta las tres aunque la mía era la de la orilla.
La de la seis contó que su negra ya la iba a usar para el curso de la hija, que era de computación y le pedían una. El de la gorra dijo que él la suya la iba a llevar a la Revu para que se la robaran y se rieron. Uriel dijo que si se la robaban le conseguía otra en abonos, y se rieron más. Los de la doce preguntaron cuánto era el enganche y Uriel les dijo, y uno dijo que la otra quincena. Uriel dijo que cuando quisiera, sin sacar la libreta. Emma vino a la mesa con más servilletas y vio la charola vacía y dijo que qué bueno, que ya no le iban a quedar. Uriel le dijo que la otra semana otra vez y Emma dijo que avisara para guardarle.
Smiley se tomó su café. Dijo que a las tres y cinco todos en aux cero y que no se le fueran a pasar por las tortas, y se paró y se fue primero. Los demás se fueron a las tres. Uriel recogió los vasos, los seis, y los llevó a la barra en dos viajes. La bolsa de chicles la dejó en la mesa.
"Llévatela. Yo tengo otra."
Me la llevé. Subí a la fila con la bolsa de chicles y la puse abajo del escritorio junto a mis pies, donde antes estuvo la caja. La mochila la colgué de la silla.
En la tarde hubo poco. Una señora de Ohio que quería cambiar a chocolate. Un coach de Florida que preguntó si su hermano ya estaba abajo de él, y sí. A las cuatro puse aux uno y me quedé sentado con los ojos cerrados y un chicle. A las seis Smiley pasó con la hoja y dijo cien y siguió.
A las ocho cerré el sistema con cero en cola. Smiley lo apuntó. Bajé por la escalera de en medio con la mochila y la bolsa de chicles adentro.
En el lobby estaba Miss Ollie con el grupo nuevo. Es el tercero desde el mío. Son diez. Estaban parados en fila junto a la pared del cajero con sus hojas y sus gafetes provisionales de papel, esperando a que el señor de la puerta les abriera para irse, porque a esa hora la puerta de vidrio ya está con llave. Ella estaba al principio de la fila con su termo y su carpeta. Traía otro suéter, uno gris. Los diez tenían la página tres en la mano y uno la tenía al revés. Uno de en medio la estaba leyendo bajito con los labios, thank you for calling, y el de atrás de él le pegó en el brazo para que se callara. El señor de la puerta buscaba la llave en su llavero, que es grande, y no la encontraba, y Miss Ollie le dijo take your time y él dijo sí, sí.
Pasé junto a la fila por el lado del cajero. Pasé junto a ella. Estaba hablando con la primera de la fila, una muchacha con la hoja doblada en la mano, y le tenía la mano en el hombro.
"You did good today."
↑ índiceCapítulo
El martes en la junta Smiley dijo que iban a abrir una cuenta nueva. Que no sabía cuándo. Que no le preguntáramos porque no sabía más. Que el súper lo había dicho en la junta de jefes y que era grande. Órale. Nos sentamos.
En el lunch la mesa de la esquina ya sabía más que Smiley. El de la gorra dijo que era de viejitos. Suplementos para la tercera edad. Unas pastillas para los huesos y un polvo para la memoria. Que los que llamaban iban a ser puros viejitos de allá que ven la tele en la noche y que se iban a tardar el doble en dar la tarjeta. La de enfrente dijo que no, que era de cremas. Cosmética. Que le habían dicho en RH que iban a necesitar mujeres para esa cuenta porque las señoras no le compran cremas a un hombre. El de la gorra dijo que era las dos cosas. Viejitos y cremas. Que la cuenta se llamaba algo con silver y que por eso el nivel de coaches se iba a llamar de otra forma. Los de la doce dijeron que a ellos les habían dicho que era en la noche, y que iban a pagar más que intake porque los viejitos son más difíciles. Smiley comía y no dijo nada de nada. Cuando el de la gorra le preguntó si era de noche dijo que no sabía y que no le preguntaran.
Brenda no dijo nada. Estaba en su orilla con su jugo y su teléfono.
"¿Y a Brenda la van a pasar?", le preguntó el de la gorra a la de enfrente. Lo dijo en voz baja, como si Brenda no estuviera a tres sillas.
"A Brenda ya la van a reemplazar. Pero le siguen pagando."
"¿Cómo que le siguen pagando?"
"Así es. Es de ley. La reemplazan y le siguen pagando hasta que."
El de la gorra dijo ah. Brenda se paró con su jugo y subió por su lado de la escalera. La de enfrente dijo que ella nada más decía lo que le habían dicho.
El jueves a las doce y cuarto bajé a las escaleras. El de cuadros dijo que la cuenta nueva era en la noche y que iban a traer gente de Mexicali porque allá cerró un call center. Neto dijo que no era en la noche, que era en la tarde, y que la gente iba a ser de aquí. El de cuadros dijo que de Mexicali. Neto dijo que de aquí. Se quedaron con eso y me pasaron el cigarro.
Ese jueves me tocó subir al segundo piso por una hoja. La de RH me mandó a la sala grande a firmar la lista de una capacitación de producto que iban a dar el mes que entra. La lista estaba en la puerta de la sala grande en un fólder colgado con un clip, y arriba decía PRODUCT TRAINING y una fecha, y no decía de qué producto. Firmé abajo de los otros. Había como treinta firmas y reconocí la de Smiley y la de Brenda. Para regresar a la escalera se pasa por el pasillo del salón chico.
El salón chico tenía la puerta abierta y adentro había cajas. Cajas de cartón hasta la altura del pizarrón, apiladas de a cuatro, con el logo de otra empresa en un lado y un papel pegado en cada una que decía SAMPLES y un número. Las sillas estaban recargadas contra la pared del fondo una encima de otra. La mesa no se veía. El pizarrón tenía algo escrito que no alcancé a leer porque las cajas lo tapaban hasta la mitad.
Bajé a la fila. A la una Smiley me preguntó si había firmado.
"Sí."
"Órale."
A las dos y media Uriel llegó a la mesa de la esquina con la mochila y sin el refresco. Se sentó y no sacó la libreta.
"Está en la aduana."
"¿Cuál?"
"La negra. La tuya. Las trajeron por Otay y las pararon en la aduana por los papeles. Todas, las doce. El compa dice que la semana que entra. Es por los papeles, no por otra cosa."
"Okay."
"No. Mira."
Abrió la mochila y sacó su laptop. La blanca de él, la primera que vi, la de la foto del carro en el escritorio. La puso enfrente de mí con el cargador enrollado encima.
"Llévate la mía mientras. Un día. Mañana me la traes y la semana que entra te traigo la tuya, y ya. Para que no estés sin nada."
"No hace falta."
"Llévatela. Yo el jueves no la uso."
Me la llevé. La puse en la mochila con el cargador y subí a la fila con la mochila parada abajo del escritorio, donde antes estuvo la caja y luego la bolsa de chicles. En la tarde una señora de Utah quería saber si el batido de vainilla se podía mezclar con el de chocolate y le dije que sí. Un coach de Georgia que preguntó si era cierto lo de la cuenta nueva y le dije que no tenía esa información. Dijo que su mamá tenía setenta y dos y que iba a estar interesada, y que le avisara. Le dije que con gusto.
En el camión llevé la mochila en las piernas con las dos manos encima. En la casa mi mamá estaba despierta. Vio la mochila parada y preguntó si era la negra.
"Es la de Uriel. Me la prestó un día. La mía está en la aduana."
Dijo ah.
La abrí en la mesa de la cocina con la luz apagada. Tenía la foto del carro. Tenía carpetas con nombres que no abrí. Tenía una que decía ABONOS que tampoco abrí, y un juego de cartas. Jugué cartas hasta las once con la pantalla alumbrando la mesa, y gané dos veces y perdí cuatro. La apagué y la metí en la mochila con el cargador enrollado igual que venía.
El viernes se la devolví a las dos y media. Uriel la prendió para ver que prendiera y la apagó y la metió en su mochila.
"¿Jugaste cartas?"
"Sí."
"Yo también. La tuya trae las mismas."
Sirvió el refresco, que ese día sí trajo, y se comió su torta contándome que el compa ya había ido a Otay a preguntar y que era cosa de una firma. Que la semana que entra. Que a la de la seis ya le había dicho lo mismo y que la de la seis había dicho que okay.
A las ocho Smiley apagó las luces de la fila. Al bajar por la escalera de en medio se ve el pasillo del segundo piso. La puerta del salón chico estaba cerrada, y abajo de la puerta se veía la luz prendida.
↑ índiceCapítulo
El martes me desperté a las diez y media. Mi mamá se había ido a las seis. Había dejado el café en la estufa y la puerta de la calle cerrada por dentro con la llave puesta. El sol ya estaba adentro del cuarto hasta la mitad de la cama.
Me quedé acostado hasta las once. En el cuarto se oye la calle. A esa hora la calle de tierra tiene otro ruido que a las siete. A las siete son los camiones de abajo y los perros y la gente bajando. A las once es la pipa del agua tocando el claxon en cada esquina, y una señora que le grita a la pipa desde su azotea, y la música del gas que pasa dos veces, y los niños de la primaria de la tarde que todavía no se van. Los de la mañana ya se fueron.
Me levanté y calenté el café. Había pan de ayer. Me lo comí parado en la cocina viendo por la ventana a la vecina de enfrente lavar el patio con una manguera. El agua se iba por en medio de la calle por donde corre cuando llueve, y se secaba antes de llegar a la esquina.
Barrí el cuarto. Lavé los trastes de la noche. Me senté en la cama con la tele apagada. Saqué las hojas de la bolsa de atrás y las puse en la mesa una por una y las volví a doblar y las volví a guardar en el mismo orden. La hoja de la laptop negra, la de la foto impresa, la puse hasta atrás.
A la una salí. La calle de tierra a la una está blanca de sol. No hay sombra más que la de los postes, y abajo de cada poste hay un perro. Los de mi calle me conocen. Los de abajo estaban dormidos. Bajé al bulevar por en medio de la calle, que estaba seca, con los zapatos de siempre.
El OXXO del bulevar queda junto a la parada de mi camión. A la una el bulevar tiene otro ruido. Es más ruido y es más parejo. Nadie está esperando en las paradas, nada más pasan. Entré. El aire del OXXO es igual que el aire del lobby. Fui al refrigerador de atrás y saqué una caguama de las de vidrio, la de siempre de la casa, y la llevé a la caja. El muchacho de la caja tenía mi edad o menos y traía el gafete con su nombre. La pasó por el lector y dijo veinticinco y no me pidió nada. Le di treinta y me dio cinco.
No se puede tomar adentro. Afuera hay una banqueta ancha entre la puerta del OXXO y la parada, con un poste y un bote. Me senté en la banqueta con la espalda en la pared del OXXO, del lado donde daba la sombra del techito. La destapé con el encendedor. Estaba fría. Le di un trago largo y la puse en la banqueta junto a mí, entre la pared y yo, donde no se veía desde la calle.
En la casa no. Mi mamá no. Aquí sí.
Pasó mi camión. Iba lleno, a la una, con gente de pie, y no paró porque nadie le hizo la parada. Lo vi pasar con la caguama en la mano y vi la ventana donde me siento. Iba ocupada por un señor con una caja de herramientas. Pasó el de la Insurgentes. Pasó un taxi de ruta vacío y el chofer me vio y yo le dije que no con la cabeza.
Un señor salió del OXXO con una bolsa de hielo y se sentó en la banqueta del otro lado del poste con una coca. No dijo nada. Yo tampoco. Se tomó su coca y se fue con su hielo goteando por el bulevar.
Dos muchachas pasaron de uniforme de una escuela que no conozco con las mochilas en un solo hombro, hablando de alguien que se llamaba igual que uno del piso. Un niño en bicicleta pasó tres veces. La tercera se paró y me preguntó si tenía cambio para el teléfono. Le di los cinco pesos y se fue. Una señora con dos bolsas del mandado llegó a la parada y se quedó parada con las bolsas en el piso entre los pies, viendo hacia donde vienen los camiones, y cuando vino el suyo levantó las bolsas y se subió y el camión se fue, y la parada se quedó vacía otra vez.
La caguama se calienta rápido en la banqueta. La tomé más rápido. A la mitad ya no estaba fría. A las tres cuartas partes ya estaba tibia. Me la acabé igual y la puse en el bote, parada, para que no se rompiera.
Me quedé sentado un rato más con las manos en las rodillas. En el piso los demás descansan el sábado. El sábado el bulevar tiene gente arreglada esperando taxi, y en la Revu hay lo que hay, y el de la gorra va a Rosarito. El martes a las dos hay una señora con dos bolsas del mandado, y un señor con hielo, y un niño en bicicleta, y yo. Ninguno de ellos es del piso.
Subí a las tres. La calle de tierra de subida a las tres está más blanca todavía y los perros no se movieron. Llegué a la casa sudado igual que si fuera al edificio. Me lavé la cara en la llave del patio. Me acosté con la tele apagada y me dormí.
Mi mamá llegó a las siete. Me despertó la puerta. Puso a calentar el café y se sentó en la mesa de la cocina con los zapatos puestos todavía, y me preguntó por la laptop.
"¿Y la negra?"
"Está en la aduana. La pararon por los papeles. Uriel dice que la semana que entra."
"¿Y la blanca?"
"Ésa se la di. Se cambia por la negra."
Dijo ah. Sirvió el café en dos tazas y me pasó una. Me preguntó si había comido y le dije que pan. Dijo que había frijoles en el refrigerador y que los calentara. Los calenté. Comimos los dos en la mesa de la cocina con la luz prendida, ella con los zapatos puestos y yo con las manos lavadas. Luego ella se fue a acostar y yo lavé las dos tazas y las puse boca abajo en el escurridor, una junto a la otra.
El miércoles también descansé. Me desperté a las diez y media otra vez. Mi mamá había dejado el café en la estufa.
↑ índiceCapítulo
El jueves llegué a las once y el escritorio del fondo estaba ocupado. La de Calidad estaba sentada con la diadema del cable largo puesta, oyendo la línea, con su taza del gato y su suéter en el respaldo. Puse aux cero. Entró una de tracking.
A las doce y cuarto bajé a las escaleras del estacionamiento con aux uno. Estaba el de cuadros solo con un cigarro entero. Me dio la mitad.
Desde el segundo descanso se ve el estacionamiento de arriba completo y se ve la parte de atrás del edificio. Del lado de atrás hay tres ventanas en el primer piso, chicas, con persianas de las de tablitas. Son las de RH y las de Calidad. La de RH es la de en medio. Casi siempre está con las persianas cerradas. Ese día estaban abiertas a la mitad con las tablitas de lado, y con el sol de mediodía pegándole de frente se veía adentro, chiquito y lejos.
Se veía a la de RH sentada de su lado del escritorio. Se veía a alguien de espaldas del otro lado, con el pelo recogido y un suéter. La de RH tenía una hoja en la mano, levantada, y la estaba leyendo. La de espaldas no se movía. Luego la de RH bajó la hoja y dijo algo y la de espaldas dijo algo, y la de RH agarró el teléfono.
"¿Quién es?", dijo el de cuadros.
"La de Calidad. Por el suéter."
"Ah."
Le dio un jalón y me lo pasó. Seguimos viendo. La de RH habló por teléfono un rato con la hoja en la otra mano. La de Calidad se quedó como estaba. Luego la de RH colgó y se paró y salió del cuadro de la ventana. La de Calidad se quedó sola de espaldas, sentada, con las manos en las piernas, y ya no pasó nada en la ventana. Una paloma se paró en el marco de afuera y luego se fue.
El de cuadros dijo que ya eran las doce y veintiocho. Apagó la colilla y la guardó en la cajetilla y subimos.
En la fila puse aux cero. El escritorio del fondo tenía las dos pantallas prendidas y la silla vacía, con el suéter en el respaldo. A la una me paré al baño con aux uno. El baño queda pasando RH. La puerta de RH estaba cerrada y el vidrio de arriba estaba oscuro porque la luz de adentro estaba apagada. No había nadie. Al regresar pasé por el escritorio del fondo. La silla seguía vacía. El suéter ya no estaba.
El agente del pasillo se sienta en la diez, en la orilla junto a la columna. Se ve desde la copiadora. Ese día su silla estaba vacía a las once cuando llegué. Estaba vacía a la una y a las dos cuando bajé a comer. La diadema estaba conectada en su lugar con el cable enrollado en el gancho y la pantalla apagada. El de junto a esa silla tomaba llamadas como siempre.
A las dos la mesa de la esquina habló de la cuenta de los viejitos. El de la gorra dijo que ya había visto las cajas del salón chico y que eran muestras, y que a lo mejor las iban a repartir. La de enfrente dijo que a ella le habían dicho que no se podían abrir. Me había guardado la silla de junto a ella con su bolsa, y cuando llegué la quitó. Me preguntó por qué siempre traía la misma camisa y dijo que me quedaba bien, que no la cambiara. Tiene las uñas largas pintadas de un color que ya se le está cayendo y toma el jugo con popote sin tocarlo con los labios. Le dijo al de la gorra que me viera, que ya me había puesto rojo, y el de la gorra me vio y se rió. No dije nada. Nadie habló del escritorio del fondo. Brenda tomó su jugo. Me quedé en la silla de junto a la de enfrente hasta las dos y veinticinco, y el jueves que entra me volví a sentar ahí.
A las dos y media Uriel llegó con el refresco y me dijo que el compa había ido otra vez a Otay y que ahora sí, que era el lunes. Le dije que okay. Me sirvió y se comió su torta.
A las tres me llegó la ventanita del sistema. Decía QA coaching y la fecha del jueves y la hora, las tres, y abajo decía CANCELLED en mayúsculas. No decía por quién ni para cuándo. Le di aceptar porque es lo único que se le puede dar. Smiley pasó por atrás de mi silla a las tres y cinco y vio la ventanita.
"¿Te lo cancelaron?"
"Sí."
"A todos. Esta semana no hay. Ni modo con el bono."
El bono de calidad de la semana es de tener coaching y salir arriba de noventa. Sin coaching no hay número. Sin número no hay bono. Smiley siguió a la orilla de la fila y le dijo lo mismo a Brenda. Ella dijo okay.
En la tarde una señora de Ohio quería comprar dos cajas y que le mandaran una a su hermana en otro estado. Le dije que sí, que con dos direcciones, y le tomé las dos, y le leí el disclosure una vez por las dos porque el guion dice que es por cliente y no por caja. Un coach de Nevada que quería cancelar. Lo pasé a retención y dijo que él ya sabía que lo iban a pasar a retención y que estaba listo. Le dije have a wonderful day.
A las seis Smiley pasó con su hoja. Cien de adherencia. No dijo nada de calidad. El escritorio del fondo tenía las pantallas apagadas.
A las ocho bajé por la cafetería, que ya tenía la reja a la mitad. Emma estaba adentro limpiando la plancha y me dijo buenas noches. Salí por el estacionamiento de abajo, por la escalera.
En el segundo descanso estaba Neto con el de cuadros y otro de la nueve. Neto no hacía doble ese día. Tenía un cigarro y me dio dos jalones sin que le pidiera. El otro de la nueve estaba contando que en la sala grande ya habían puesto sillas nuevas para la cuenta de los viejitos, sesenta, y que las había contado.
"Puso una queja", dijo el de cuadros.
"¿Quién?"
"La de Calidad. En la mañana. En RH."
Neto le dio un jalón. El otro de la nueve dijo que sesenta sillas eran dos filas enteras y que iban a tener que quitar la copiadora. Neto dijo que la copiadora no la iban a quitar porque era rentada. El de cuadros dijo que sí la iban a quitar y que la iban a poner en el pasillo de RH. Neto dijo que en el pasillo de RH no cabía. El otro de la nueve dijo que entonces la iban a poner en el salón chico. El de cuadros dijo que el salón chico estaba lleno de cajas. Neto dijo que las cajas eran de las muestras y que se iban a acabar.
Se acabaron el cigarro. Bajamos los cuatro hasta el estacionamiento de abajo y cada quien se fue a su parada. Desde la esquina se veía la ventana de RH con las persianas cerradas y la luz apagada, y la de junto, la de Calidad, con la luz prendida. Crucé el bulevar. El poste decía ocho y cuarenta.
↑ índiceCapítulo
El lunes el escritorio del fondo estaba vacío a las once.
Es el escritorio de Calidad. Está de frente a todas las filas, desde donde se oye la línea. Tiene una computadora con dos pantallas y una diadema con un cable más largo que los nuestros. Ese lunes tenía las dos pantallas apagadas y la diadema en su gancho. La taza con el gato no estaba. El suéter en el respaldo no estaba. La silla estaba metida.
La de la diez también estaba vacía, la de junto a la columna. Con la diadema en su gancho y la pantalla apagada, igual que el jueves y el viernes.
Tomé llamadas. A las once y cuarto Smiley pasó por atrás de la fila y no dijo nada de ninguna de las dos sillas. A la una me paré al baño y pasé por RH y la puerta estaba abierta y la de RH tenía el teléfono en la mano, y no volteó. A las dos bajé a comer y la mesa de la esquina habló de la cuenta de los viejitos y de las sillas nuevas de la sala grande, que ya eran setenta según el de la gorra, y de si iban a poner a los de la noche o a contratar. La de enfrente dijo que iban a contratar puras mujeres y el de la gorra dijo que eso lo decía ella porque era mujer. Nadie habló del escritorio del fondo. Brenda tomó su jugo y subió.
El martes en la junta Smiley dijo que el coaching de calidad de esta semana sí había, y que lo iba a dar otra persona, y que nos iba a llegar la ventanita. Órale. Nos sentamos.
Me llegó para el jueves a las tres. Decía QA y la fecha y la hora, igual que siempre. Le di aceptar.
El jueves a las tres bajé al cuarto sin ventana. La puerta estaba abierta. Adentro estaba una mujer que no había visto. Era más joven que la otra y traía el pelo suelto y un suéter. Estaba sentada del lado de la computadora con dos hojas enfrente. La planta de plástico seguía en la esquina. La caja de kleenex no estaba. La taza con el gato tampoco. En la pantalla estaba mi nombre de sistema y cinco grabaciones con fecha.
"Come in. Close it."
Cerré. Me senté. Giró la primera hoja para que quedara de mi lado con los dedos en las esquinas.
QA MONTHLY SCORECARD Agent Steve Ext 4211 Team SMILEY Calls evaluated 5 Greeting 10 / 10 Verification 10 / 10 Disclosure verbatim 15 / 15 Tone and empathy 18 / 20 Hold etiquette 9 / 10 Dead air control 10 / 10 Resolution 15 / 15 Closing 7 / 10 TOTAL 94 / 100 BONUS ELIGIBLE
"Ninety-four. That's bonus. Congratulations."
Le dije gracias y ella dijo mm-hm y le dio a la primera grabación.
"Now. I'm gonna be honest with you, sweetheart, because I like you. Hold, nine. You're telling them what you're doing now. I heard it. That's the nine. Ten is when you come back before the minute you said."
Era la de la señora de Ohio de las dos direcciones. La adelantó hasta donde le dije que le permitiera un momento y la dejó correr con las manos juntas sobre la mesa y la cara hacia la bocina. Cuando llegó al hold levantó la mano con la palma hacia mí y la dejó ahí, quieta, hasta que regresé a los cincuenta segundos y dije thank you for holding, I have that for you. Entonces la bajó.
"There. Fifty seconds. You said a minute and you came back in fifty. That's how you get the ten. Tone, eighteen. You're up one."
Le dije okay.
"Closing, seven. You went down one. Listen."
Puso otra. El coach de Nevada que quería cancelar. Se oye que le digo que lo paso a retención y él dice que ya sabía, y yo digo have a wonderful day, y hay un clic, y luego se oye a alguien de retención decir thank you for holding.
"You said it. He didn't say it back. And you said it while you were already transferring. He heard half of it. Say it, then transfer. Say it."
Lo dije. Me hizo decirlo otra vez con la mano en el aire marcando la pausa, y lo dije otra vez.
"Good."
Después de cada cosa esperaba a que yo contestara. Yo contestaba okay. Firmó abajo y me pasó la hoja para que firmara donde decía agent, y se quedó con ella, y me dio una copia que ya tenía hecha.
"You're doing fine, sweetheart. Go on. Tell the next one to give me two minutes."
Salí. En el pasillo estaba la de enfrente, recargada en la pared con su diadema colgada del cuello. Le dije que le diera dos minutos. Dijo okay y se quedó recargada.
Regresé a la fila a las tres y veinte. Puse aux cero. Entró una señora de Georgia que quería saber si el batido de chocolate tenía más azúcar que el de vainilla. Le dije que le permitiera un momento y que iba a revisar la información nutricional, y que me iba a tomar un minuto. Regresé a los cuarenta segundos. Le dije thank you for holding, I have that for you. Tenían lo mismo. Le dije have a wonderful day y esperé, y ella dijo you too, y colgó ella.
A las cinco bajó el súper. Baja poco. Bajó por la escalera de en medio con una caja de archivo vacía, de las de cartón con tapa, y cruzó el piso por el pasillo de las filas hasta la diez. Se paró junto a la columna. Puso la caja en la silla vacía. Desconectó la diadema, enrolló el cable y la metió en la caja. Abrió el cajón del escritorio y sacó lo que había. Una taza. Unos papeles. Un cargador de teléfono. Una sudadera. Lo fue metiendo en la caja. Le puso la tapa. La cerró con cinta de la que trae el de sistemas dando dos vueltas. Escribió algo en la tapa con plumón, corto. Agarró la caja con las dos manos y se fue con ella por el pasillo de las filas y subió por la escalera de en medio.
La silla de la diez quedó vacía sin nada. El de junto a esa silla siguió en llamada todo el tiempo y no volteó. Nadie de la diez volteó. En la mía el de la gorra estaba en llamada y Brenda estaba en llamada, y yo tomé la siguiente.
A las seis Smiley pasó con su hoja. Cien. Dijo que noventa y cuatro era bono y que caía con la quincena, y siguió a la orilla.
A las ocho bajé por la escalera de en medio y pasé por el escritorio del fondo. Tenía las dos pantallas prendidas. La de Calidad nueva estaba sentada ahí con la diadema del cable largo puesta, oyendo la línea, con las manos juntas sobre el escritorio. En el respaldo de la silla tenía su suéter. No había taza.
El viernes en la diez había alguien nuevo de la tarde con su propia diadema en una bolsa. Se sentó junto a la columna y la conectó y puso aux cero. El de junto a él le dijo algo y él dijo que sí con la cabeza.
En el segundo descanso de las escaleras no había nadie. En el estacionamiento de abajo no había nadie. La ventana de RH tenía las persianas cerradas y la luz apagada, y la de Calidad tenía la luz prendida, y en la puerta de atrás el foco de arriba estaba prendido y no salió nadie mientras crucé el bulevar.
↑ índiceCapítulo
Ahora compro una cajetilla los viernes. Me dura la semana si nada más fumo en las escaleras. Neto ya no compra. Está juntando. Cuando baja al descanso se para junto a quien tenga y espera, y le dan.
El jueves a las doce y cuarto estaban en el segundo descanso el de cuadros y el otro de la nueve y uno de la doce que casi no baja, y Neto. Saqué la cajetilla y le di uno a Neto y me prendí el mío. Neto dijo gracias y lo prendió con el mío agachándose, con la mano alrededor.
El de la doce estaba contando que la de Calidad se había ido a otro call center. Que se la habían llevado de Calidad a Calidad con mejor sueldo y que por eso no avisó. Que así se van los de Calidad, de un día para otro, porque se los pelean.
"No se fue a ningún lado", dijo el de cuadros. "Él la siguió a la casa."
"¿Quién?"
"El de la diez. El que le llevaba cosas. La siguió a la casa y ella puso la queja y luego ya no vino ninguno de los dos."
"Eso no quiere decir nada", dijo el otro de la nueve. "Renunciaron los dos el mismo día. Los dos. Yo vi que RH sacó dos fólders el mismo viernes."
"¿Cuáles dos fólders?"
"Dos. Los vi."
"Pues no renunció", dijo el de cuadros. "La mató y se fue a Rosarito. Tiene familia en Rosarito."
"Ya, güey", dijo Neto.
El de cuadros dijo que él nada más decía lo que se decía. Neto le dio un jalón a su cigarro y no dijo nada más. El de la doce dijo que él la había visto en la parada de la Cinco y Diez un jueves con el de la diez, los dos, esperando el camión como si nada, y que una persona muerta no espera el camión. El de cuadros dijo que fue antes. El de la doce dijo que fue el jueves antes de que no viniera. El de cuadros dijo que por eso.
Bob subió por las escaleras con la lonchera. Los dos pies en cada escalón. Llegó al descanso y se paró porque estábamos en medio y no se podía pasar sin que nos moviéramos, y nos movimos, y él no pasó. Se quedó parado con la lonchera en la mano oyendo. No dijo nada.
"Igual que la otra vez", dijo el otro de la nueve.
"La otra vez fue distinto", dijo el de cuadros.
"¿Cuál otra vez?", dijo el de la doce.
"La de antes. La de capacitación. La que puso queja y ya no vino."
"Era de Calidad", dijo el de cuadros. "La flaquita. Ya lo hemos dicho. Era de Calidad y por eso es igual."
"Era de capacitación. La del módulo de sistemas. Y no fue queja. Fue que se embarazó."
"No se embarazó. Puso queja. Y el vato tampoco volvió, igual que ahora."
"El vato de la otra vez sí volvió. Volvió como dos semanas y luego se fue a intake."
"Ése era otro vato."
"¿Y cuándo fue?", dijo el de la doce.
"El año pasado."
"Antes. Cuando estaba el otro súper."
"El otro súper se fue hace tres años."
"Pues hace tres años."
"Hace tres años yo no estaba y me la contaron como de ese año."
Neto dijo que ya. Bob seguía parado con la lonchera. El de la doce le preguntó a Bob si él se acordaba de la otra vez, porque Bob tenía más tiempo que todos. Bob lo vio y no dijo nada. Luego vio la escalera para arriba, y el de la doce dijo que bueno, y Bob siguió subiendo, los dos pies en cada escalón, hasta el estacionamiento de arriba, y se le oyó abrir la puerta de atrás y cerrarla.
El de cuadros dijo que en el condado de allá había una página donde salía todo y que alguien debería buscar. El otro de la nueve dijo que ella no era de allá, que era de aquí, y que aquí no hay página. El de la doce dijo que la que sí era de allá era la de la otra vez. El de cuadros dijo que la de la otra vez era de aquí también. En eso tampoco se pusieron de acuerdo. Nadie sacó el teléfono.
Luego el de la doce dijo que las cajas del salón chico ya las habían empezado a abrir y que eran cremas, en frascos chiquitos, y que la de la seis se había llevado uno. El de cuadros dijo que eran pastillas. El otro de la nueve dijo que había visto los frascos. Neto dijo que la de la seis se llevaba de todo. Se rieron de eso y el otro de la nueve contó que la de la seis se había llevado un teclado el año pasado y que todavía lo tenía en su casa, y que su hija lo usaba sin máquina, para jugar. Se rieron más. El de cuadros dijo que a él le daban igual las cremas y que lo que quería saber era si la cuenta nueva era de noche. El de la doce dijo que de tarde.
A las doce y veintiocho apagaron los cigarros. Neto guardó la colilla del suyo en mi cajetilla, porque él ya no trae, y me la regresó. Subimos.
En la fila puse aux cero. El escritorio del fondo tenía a la de Calidad nueva con la diadema del cable largo, oyendo la línea. En la diez el nuevo de la tarde tomaba llamadas con su propia diadema. Entró una señora de Michigan que quería saber si el batido servía para después de una operación. Le dije que no teníamos esa información y que le preguntara a su doctor, porque así dice el guion. Dijo que su doctor le había dicho que nos preguntara a nosotros. Le dije I understand. Se rió y dijo que iba a probar con media medida.
A las dos la mesa de la esquina habló de la cuenta de los viejitos y de cuándo, y de si el de la doce iba a bajar a las escaleras todos los días ahora que bajaba. En la tarde tomé dos de tracking y una de silver. A las ocho bajé. En el descanso de las escaleras no había nadie. En la parada abrí la cajetilla para contar cuántos me quedaban para el viernes y la colilla de Neto seguía ahí, entre los enteros, y la dejé.
↑ índiceCapítulo
El lunes Smiley no vino.
A las once la fila estaba sin aux otra vez. Esperamos junto a las sillas con las diademas en la mano. El de la nueve no vino a abrirlo. A las once y cinco bajó el súper por la escalera de en medio con su gafete en el cinturón. Se sentó en la máquina de Smiley, que está en la orilla de la fila, y abrió el aux desde ahí. Dijo que pusiéramos aux cero. Lo pusimos. Se quedó sentado en la máquina de Smiley toda la mañana viendo su propia pantalla con los codos en el escritorio. A la una se fue a comer y regresó a las dos. A las seis pasó por la fila sin hoja. A las ocho cerré el sistema con cero en cola y él lo vio desde la máquina de Smiley y no apuntó nada, y apagó las luces de la fila con el codo.
El martes el súper hizo la junta. Se paró donde se para Smiley, en la orilla, con nosotros de pie, y dijo los números. Adherencia noventa y tres. AHT dentro. Calidad bien. Dijo que esta semana la fila la llevaba él mientras. No dijo mientras qué. Dijo okay y nos sentamos. Ninguno preguntó por Smiley porque era el súper. El de la gorra me vio y yo lo vi y pusimos aux cero.
A las doce y cuarto bajé a las escaleras. Estaba el de cuadros con el otro de la nueve. Le di un cigarro a Neto, que llegó después, y él lo prendió con el mío.
"Se lo llevaron", dijo el de cuadros.
"¿A quién?"
"A Smiley. El viernes en la noche. Vinieron por él a la casa."
"¿Quiénes?"
"No sé quiénes. Se lo llevaron."
El otro de la nueve dijo que a él le habían dicho que Smiley había renunciado. Que había mandado un mensaje. El de cuadros dijo que nadie renuncia un viernes en la noche. El otro de la nueve dijo que un mensaje se manda a cualquier hora. Neto no dijo nada. Se acabó su cigarro y guardó la colilla en mi cajetilla.
El miércoles el súper volvió a sentarse en la máquina de Smiley. Trajo su taza de arriba. A las doce y cuarto en las escaleras el de cuadros dijo que Smiley no se llamaba así.
"¿Así cómo?"
"Así. Como decía el gafete. Ni como decía la nómina. Se llamaba de otra forma."
El otro de la nueve dijo que todos se llaman de otra forma en el gafete. Que el gafete es nombre de sistema. El de cuadros dijo que no, que la nómina también. Que el de la nómina tampoco era. Que era otro. Neto le dio un jalón. El de cuadros dijo que lo sabía por alguien de RH. El otro de la nueve dijo que en RH no dicen nada. El de cuadros dijo que a él sí.
No pregunté cómo se llamaba. El otro de la nueve tampoco. Neto tampoco. Se acabaron los cigarros y subimos, y el súper estaba en la máquina de Smiley viendo su pantalla con su taza.
El jueves llegué tarde.
Mi camión cambió de ruta el lunes. Ya no baja por donde bajaba. Ahora se va por la Insurgentes y me deja tres cuadras más lejos, y son de subida. El lunes y el martes salí a la misma hora y llegué a las once y cinco y a las once y tres. Puse aux cero y no había quién viera. El jueves el camión se tardó en pasar. Llegué a las once y doce con la camisa pegada. Subí sin pararme en el lobby.
En la fila el súper estaba en la máquina de Smiley. Cuando pasé me vio y volvió a ver su pantalla. Vi la mía. No tenía aux. Tenía la extensión en available desde las once con cero llamadas contestadas. Doce minutos. El sistema los cuenta.
Puse aux cero y entró una llamada. A la una el súper se paró de la máquina de Smiley y vino a mi lugar y se quedó parado atrás de mi silla hasta que colgué.
"Pasa a RH en tu break."
A las dos, antes de bajar a comer, pasé a RH. La puerta estaba abierta. La de RH tenía una hoja en el escritorio ya impresa, con mi nombre de sistema arriba y el completo abajo, y la fecha, y la hora. Once doce. Decía ACTA ADMINISTRATIVA. Decía retardo. Decía que era la primera. Decía que a la tercera. Abajo tenía dos rayas para firmar, una que decía empleado y otra que decía supervisor, y la de abajo ya estaba firmada con una firma que no era la de Smiley.
"Firma ahí. Es la primera. No pasa nada con una."
Firmé donde decía empleado. La de RH la puso en un fólder que ya tenía mi nombre. Adentro se veía la copia del permiso y las otras hojas. Lo cerró y lo metió al archivero.
"¿Copia?"
"No hay copia. Va al expediente."
Bajé a comer. La mesa de la esquina estaba sin Smiley y se sentaron igual, en los mismos lugares. La silla de la orilla donde él se sentaba con su café quedó vacía y nadie se movió a ella. El de la gorra me preguntó qué me habían dicho en RH.
"Acta."
"¿Por doce minutos?"
"Sí."
"Smiley te hubiera puesto aux cinco."
De eso no se dijo más. Comí la torta. Kevin no bajó ese día. La de enfrente contó que su carro ya prendía y que el mecánico le había cobrado el doble, y el de la gorra dijo que a él el mismo mecánico le había cobrado la mitad por lo mismo, y no se pusieron de acuerdo en si era el mismo mecánico.
En la tarde una señora de Georgia quería saber por qué el precio había subido y le dije que no, y ella dijo que en su tarjeta sí, y le dije que le permitiera un momento y revisé, y era el envío. A las seis nadie pasó con la hoja. A las ocho cerré el sistema con cero en cola y no hubo quién lo apuntara. El súper ya se había ido a las siete. El de la gorra lo apuntó en su papel para nadie y apagó las luces de la fila él mismo, y bajamos.
En la parada el poste decía ocho y cuarenta. Mi camión ya no pasa por ahí. Caminé las tres cuadras de bajada hasta la Insurgentes y lo esperé ahí, donde no hay poste ni horario, con la mochila en el hombro.
↑ índiceCapítulo
El lunes en las escaleras el de cuadros ya tenía lo de las huellas.
"Fue el día de la señora. Cuando vinieron los municipales. Le tomaron las huellas ahí en la delegación, de rutina, y las mandaron. Así hacen. Las mandan a un sistema que las cruza con las de allá."
"¿Cuáles de allá?"
"Las de allá. Las de California. Y salió que las huellas eran de otro nombre. Del de verdad."
El otro de la nueve dijo que las huellas no se mandan a ningún lado, que se quedan en la delegación. El de cuadros dijo que sí se mandan desde hace años y que por eso tardaron diez semanas, porque es lento. Neto se fumaba el mío y no dijo nada. El de la doce baja todos los días ahora. Dijo que a él le habían dicho que las huellas no habían sido de la delegación. Que habían sido de la licencia. Que Smiley sacó licencia con el nombre del gafete y ahí te toman las huellas. El de cuadros dijo que fue en la delegación. El de la doce dijo que fue en la licencia. Se quedaron con eso.
El martes el de la doce trajo la página.
La traía en el teléfono. Se lo pasó al de cuadros y él me lo pasó a mí. Era una página del condado de allá, en inglés, con el escudo arriba y un cuadro con una foto y unos renglones. La foto era Smiley. Rapado, de frente, con un fondo gris con rayas y números a los lados, y se le veían las llamas desde atrás de las orejas hasta arriba. Abajo decía un nombre y un apellido que no eran los del gafete ni los de la nómina. Decía una fecha de nacimiento. Decía una fecha de booking, la del viernes pasado. Decía la agencia. Decía unas siglas y unos números y luego decía HOLD y otra cosa. No decía por qué.
"Ése es el nombre", dijo el de cuadros.
Se lo regresé al de la doce. Neto no lo agarró. Le dio un jalón a mi cigarro y vio hacia el estacionamiento de arriba. El lugar del súper estaba vacío.
"Orden de California", dijo el de la doce. "De hace años. Por lo de allá. Por eso se vino con otro nombre. Y las huellas lo cruzaron y salió la orden y vinieron por él."
"¿Quiénes vinieron?"
"Los de aquí. Los de aquí lo agarran y lo entregan del otro lado. Así es. Ya está allá. Ahí dice. Booking."
El otro de la nueve dijo que la policía había venido dos veces al edificio. Que la primera fue el día después de lo de la señora. Dos municipales en el lobby preguntando por el jefe de equipo de la once, y el señor de la puerta los mandó a RH. Que la segunda fue el jueves pasado. Dos hombres de civil en un carro gris en el estacionamiento de arriba, en el lugar del súper, y estuvieron una hora en RH con un fólder y se fueron. Que las dos veces por él. El de cuadros dijo que las dos veces por él. Neto dijo que el jueves pasado sí había visto el carro gris desde el descanso, y que tenía placas de aquí.
Del gafete no habló nadie. Lo que decía el gafete no lo dijo nadie.
En el lunch la mesa de la esquina ya tenía lo mismo con otras palabras. La de enfrente dijo que la señora había ido a la delegación a decir que no era él, que se habían equivocado de nombre, y que le dijeron que sí era y que por eso. El de la gorra dijo que la señora no había ido a ningún lado. La de enfrente dijo que sí. El de la gorra dijo que él sabía por el de la doce y que el de la doce vivía por allá. La de enfrente dijo que el de la doce no vivía por allá. Brenda ya no estaba en la mesa. Su orilla estaba vacía. Kevin comió sin decir nada y se fue primero con su plato y el mío.
El miércoles el súper bajó a las once con la de RH y una hoja.
Nos paró en la fila, a todos, de pie, donde nos paraba Smiley los martes. Dijo que el equipo del turno que cierra se disolvía por reestructura. Que la once y la doce se repartían. Que la de RH tenía la lista. La de RH leyó la lista. El de la gorra a la nueve. La de enfrente a la seis de la tarde. Los de la doce a la diez. Yo a la fila de atrás. El jefe de la fila de atrás es el de retención, pero la fila de atrás toma coaches también. El súper dijo que el horario era el mismo. Que el bono de equipo del mes no aplicaba porque ya no existía el equipo al corte. Que las preguntas a RH. No hubo preguntas. La de RH cerró el fólder.
Agarré mi diadema y mi gafete y la bolsa de chicles de abajo del escritorio y me fui a la fila de atrás. Es la última. Está pegada a la pared del fondo, del otro lado del escritorio de Calidad. Tiene ocho lugares. Me tocó el de en medio. A la izquierda está la de las tres horas, la del camión. Me dijo que qué bueno y siguió en llamada. A la derecha hay uno de retención que no conozco y que trae dos diademas, una puesta y otra en el gancho. El jefe de la fila de atrás pasó, me abrió el aux desde su máquina y me dijo que aux cero. Puse aux cero. Entró una de tracking.
Desde la fila de atrás se ve todo el piso de frente. Se ve la once vacía con las sillas metidas y la copiadora. Se ve la espalda de la de Calidad nueva en el escritorio del fondo, con su suéter en el respaldo, a tres metros. Se ve la diez con el nuevo de la tarde. Se ve la escalera de en medio y quién baja.
El jueves alguien de sistemas quitó los aux pegados con cinta de los monitores de la once y los tiró en el bote de la copiadora. Lo vi desde la fila de atrás. Tiró los ocho. Luego desconectó las diademas de la once, las enrolló y las puso en una caja, y se llevó la caja.
El viernes en la fila de atrás el jefe pasó con su hoja a las seis. Es la misma hoja. La lleva distinto, con la fila entera en una página, y no dice el número en voz alta. Lo enseña con el dedo. Cien. Siguió.
En la parada de la Insurgentes iba la de las tres horas. Se sube en la mía ahora que mi camión cambió de ruta, porque la de ella y la mía son la misma hasta el bulevar. Íbamos parados los dos agarrados del tubo. Me preguntó si yo había estado con Smiley.
"Sí."
"¿Y qué pasó?"
Le conté. Lo de las huellas del día de la señora, que unos decían que en la delegación y otros que en la licencia. Lo del nombre, que no era el del gafete ni el de la nómina. Lo de la orden de California de hace años. Lo de la página del condado con la foto rapada y las llamas. Lo de las dos veces que vino la policía, la primera de uniforme y la segunda de civil en un carro gris. Lo de que ya estaba del otro lado. Lo del equipo, y la lista, y la fila de atrás. Se lo conté completo y en orden, desde la delegación hasta la fila de atrás, con las dos versiones donde las había, y ella oía agarrada del tubo y decía ah. Cuando llegamos a su bajada dijo que qué bárbaro, y que mañana me contaba una de retención que me debía, y se bajó.
Me senté en su lugar con la mochila en las piernas. El camión dio la vuelta por la Insurgentes, por donde ahora se va, y me bajé tres cuadras antes de donde me bajaba, y subí.
↑ índiceCapítulo
El martes fui a Telvista.
Está en la Otay. Se llega con dos camiones. El de la Insurgentes hasta el centro y de ahí el de la Otay, que se tarda cincuenta minutos y va por una avenida ancha con fábricas de los dos lados y camiones de carga estacionados en fila. Salí de la casa a las ocho con la camisa de la entrevista, la que usé para RH el primer día, y los zapatos de la lluvia limpiados con un trapo mojado. Mi mamá ya se había ido.
El edificio es más grande que el nuestro. Tiene cuatro pisos y es de vidrio de arriba abajo. Enfrente tiene un estacionamiento con reja y una caseta con un guardia que pide identificación y te da un gafete de visitante con un clip. El lobby tiene dos sillones y una pantalla en la pared con el logo, y el aire es igual que el del nuestro. Dije que venía al examen de inglés. La muchacha del escritorio me pidió la credencial y el permiso, y le di los dos, y los revisó y me dio una hoja con un número y me dijo que al segundo piso.
En el segundo piso había un salón con veinte computadoras y diez personas. Una señora con un gafete de RH nos sentó a cada quien en una máquina. Dijo que eran cuarenta minutos. Treinta preguntas escritas y al final una grabación, que era leer un párrafo en voz alta al micrófono de la diadema. Nos puso las diademas. Eran nuevas, de las que no aprietan.
Las treinta preguntas eran de escoger. Palabras que faltaban en una frase. Cuál de cuatro frases estaba bien. Qué contestarle a un cliente que dice que su caja no llegó. Ésa la contesté con lo que dice nuestro guion con otras palabras, porque las cuatro opciones eran parecidas y una empezaba con I understand. El párrafo de la grabación era de una empresa de teléfonos que agradecía la llamada y explicaba un plan. Lo leí todo seguido sin bajar en ningún lado, con el tono de que me daba gusto que hubieran llamado. Al final decía is there anything else I can help you with today, y no lo hice pregunta.
Cuando acabaron los cuarenta minutos la señora de RH pasó por cada máquina con una tableta. Veía la pantalla y apuntaba. A mí me vio la pantalla y apuntó y me dijo que esperara en el lobby. Esperé en el sillón cuarenta minutos más viendo la pantalla del logo, que cambiaba de color cada rato, y a la gente que entraba con gafete de los de verdad, muchos, en grupos, hablando en inglés de ellos y en español. A las once y media la señora bajó con tres hojas y llamó tres números. Uno era el mío.
"Pasaste. Éste es tu resultado y ésta es la fecha de inducción. Es en tres semanas. Traes la credencial, el permiso original y esta hoja."
La hoja decía mi nombre completo y un número y un porcentaje. Decía la fecha. Decía el sueldo, que es más. Decía turno por asignar. Le dije gracias. Me dijo que a ella. Le regresé el gafete de visitante al guardia de la caseta y salí a la avenida ancha a esperar el de la Otay de regreso, y pasó lleno de gente de las fábricas que salía a comer, y me subí parado.
Llegué a la casa a las dos. Mi mamá no estaba. Doblé la hoja en cuatro y la puse en la bolsa de atrás con las otras hasta atrás, después de la de la laptop negra. Me quité la camisa de la entrevista y la colgué en el clavo. Calenté frijoles. En la tarde barrí. A las siete llegó mi mamá y me preguntó qué había hecho y le dije que nada, que dormir, y ella dijo que qué bueno y puso el café.
El jueves a las dos ya no comemos en la mesa de la esquina. La fila de atrás come en la de en medio, y la de la esquina la tienen los de la seis de la tarde con la de enfrente. Kevin baja igual a las dos. Se sienta en la de en medio con nosotros aunque no es de la fila de atrás, y a nadie le importa porque en la fila de atrás hay de retención.
Kevin me compró la torta. La puso enfrente de mí. De jamón, con todo. Se sentó del otro lado con la suya de milanesa, que Emma le guarda.
"Eat."
Le dije gracias y empecé.
Kevin habla menos. Desde hace unas semanas. Come igual, despacio, con la servilleta en la pierna, y se limpia las comisuras. Cuando el de retención de mi derecha contó un coach de Fresno que había llamado cinco veces, Kevin no dijo nada del acento. Se rió con la boca cerrada. La de las tres horas le pidió que le cubriera diez minutos del break y dijo que sí. Cuando la mesa se puso a hablar en su inglés, Kevin oyó y no entró. Antes entraba. Terminó su torta. Se paró primero, recogió su plato y el mío y los llevó a la barra, y Emma le apuntó las dos en su hoja, y él subió por la escalera con las manos en las bolsas.
En la mesa de la esquina, con los de la seis de la tarde, estaba la muchacha nueva. Es del tercer grupo. Es la que estaba primera en la fila del lobby con la hoja doblada, la del you did good today. La pusieron en la seis de la tarde, en el turno que cierra, en la silla de la orilla donde se sentaba Brenda, que ya no vino y le siguen pagando. Tiene diecisiete. Está en la lista de la puerta de RH con permiso, igual que yo, y descansa martes y miércoles. Somos dos otra vez.
Comía viendo su teléfono. La de enfrente le estaba explicando lo de los niveles de coaches en una servilleta y ella decía okay.
A las dos y veinticinco subí a la fila de atrás. Puse aux cero. Entró una señora de Ohio que quería saber si el batido era kosher. Le dije que le permitiera un momento y que iba a revisar, y que me iba a tomar un minuto. Busqué kosher en la base de conocimientos y no salió nada. Le dije que no teníamos certificación y que con gusto le mandaba la lista de ingredientes al correo. Dijo que su rabino iba a necesitar el certificado. Le dije I understand. Dijo que iba a preguntarle a su hija. Le dije have a wonderful day, y ella dijo you too, y colgó ella.
A las seis el jefe de la fila de atrás pasó con su hoja y me la enseñó con el dedo. Cien. A las ocho bajé por la escalera de en medio con la mochila y las hojas en la bolsa de atrás, que ya no cierra bien.
Caminé las tres cuadras de bajada hasta la Insurgentes. No le había dicho a nadie lo del martes. A Uriel no. A mi mamá no. En la fila de atrás nadie sabía que yo descansaba martes. En el camión la de las tres horas me contó la de retención que me debía, una de un señor de Kansas que canceló y volvió a entrar el mismo día y pidió el descuento las dos veces, y me reí. Luego sacó de su bolsa un tamal envuelto en papel aluminio, de los que hace en su casa para los niños, y me lo dio. Dijo que me lo comiera ahí porque me veía muy flaco. Me lo comí parado, agarrado del tubo con la otra mano. Tiene las manos grandes con los nudillos secos, y me quitó un pedazo de hoja de la camisa sin decir nada. Dijo que mi mamá debía estar contenta conmigo. Le dije gracias. Se bajó en su bajada, y yo seguí hasta la mía con la mano en la bolsa de atrás. El viernes me subí en el mismo camión y me paré junto a ella.
↑ índiceCapítulo
El jueves a las dos y media Uriel llegó a la mesa de en medio con dos charolas.
Traía en una las tortas y en la otra los vasos y el refresco de dos litros y una bolsa de chicles de las grandes. Puso las dos charolas en la mesa y se sentó. Luego se volvió a parar porque le faltaba la mochila, que había dejado en la barra, y fue por ella. Emma le gritó desde la plancha que ya no le quedaban de milanesa y él le gritó que ya sabía.
"Por los que ya completaron. Otra vez."
Ese día en la mesa de en medio estaba la fila de atrás. La de las tres horas y el de retención de mi derecha con sus dos diademas y dos más de retención que casi no hablan, y yo. Bajaron también el de la gorra de la nueve y la de la seis de la mañana, que ya son de la lista de los que completaron. La de la seis trajo su propia silla de otra mesa. Uriel repartió. A cada quien una torta y un vaso. Las tortas eran de jamón porque a esa hora es lo que hay. Sirvió los vasos con la botella en alto para que hiciera espuma y abrió la bolsa de chicles y la puso en medio.
"Mi laptop sigue en la aduana", dijo la de la seis.
"La tuya y la de todos. Ya salieron los papeles. El compa dice que la semana que entra ya."
"Eso dijiste la otra semana."
"Y la otra semana no habían salido los papeles. Ahora sí."
La de la seis dijo que okay y le dio una mordida a su torta. Uriel dijo que la mía también, que la mía iba en el mismo lote. Le dije que okay.
Luego habló de procesadores. Alguien de retención le preguntó por qué unas laptops se calentaban y otras no, y ya no lo soltó. Que el procesador es el que piensa. Que piensa a una velocidad que se mide en gigahertz. Que dos gigahertz no es el doble de bueno que uno. Que depende de cuántos núcleos, y que un núcleo es como si el procesador fuera dos. Que las negras traen dos y las blancas uno. Que el calor sale de ahí, de que piensa, y que por eso está el disipador y por eso la pasta. Sacó de la mochila un procesador viejo que ya no servía. Cuadrado, del tamaño de una estampilla grande, con patitas de metal abajo. Lo pasó por la mesa para que cada quien lo agarrara.
"Cuidado con las patitas. Si se dobla una ya no sirve."
Lo agarré con dos dedos y lo vi por abajo. Tenía muchas patitas doradas en filas, y una doblada. Se lo pasé a la de las tres horas y ella dijo que parecía un dulce. Se lo pasó al de retención, que lo puso junto a su torta y siguió comiendo, y Uriel lo recogió de ahí y lo limpió con la servilleta.
Uriel dijo que la pasta hay que cambiarla al año. Que él a la de él ya se la había cambiado dos veces. Que a las negras les iba a poner pasta nueva antes de entregarlas aunque vinieran nuevas, porque la de fábrica es la barata. Comía su torta entre una cosa y otra. Se servía refresco y le servía a los demás sin preguntar, y cuando el vaso de la de las tres horas se quedó vacío se lo llenó sin que ella lo viera.
En la mesa de junto estaban Bob y Neto.
Bob había bajado a las dos aunque no es de nuestro turno, con la lonchera de metal. La abrió y sacó dos recipientes de los redondos con tapa azul y le pasó uno a Neto, y dos tenedores en una servilleta. Neto venía de un doble. Se le notaba en la camisa y en que se sentó despacio. Está más flaco que la última vez. Ya no fuma. Cuando bajo a las escaleras ya no está en el descanso, y si baja no pide.
Destaparon. Era picadillo con papas igual en los dos, con la tortilla doblada encima. Bob comía despacio. Neto comía sin levantar la cabeza del recipiente.
Hablaron de una pelea. Bob la había visto en la tele en su casa y Neto no, porque estaba en el turno de la noche, y Bob se la contó entera con el tenedor en la mano. Que el primero fue de estudio. Que en el cuarto el de aquí se cayó y no fue caída, fue resbalón. Que en el séptimo el otro ya no quería. Neto dijo que el de aquí siempre empieza tarde. Bob dijo que ese día empezó tarde y acabó bien. Neto dijo que acabar bien no es empezar bien. Bob se rió con la risa baja.
Luego hablaron de la Cinco y Diez otra vez. Neto dijo que ya la habían regresado a la ruta de antes. Bob dijo que no. Que la habían dejado por la Insurgentes y que la de antes la habían quitado. Neto dijo que él se había subido el sábado y que iba por la de antes. Bob dijo que el sábado es otra cosa. Neto dijo que a lo mejor. Bob dijo que él lo iba a checar el lunes. Neto dijo que el lunes él tenía doble.
En nuestra mesa Uriel estaba diciendo que la memoria es otra cosa que el procesador y que la gente las confunde. La de la seis dijo que a ella nada más le importaba que sirviera para el curso de la hija. Uriel dijo que iba a servir. El de la gorra dijo que la de él la iba a llevar a la Revu igual y se rieron. Uriel se rió y sirvió lo que quedaba del refresco.
Bob acabó primero. Puso la tapa en su recipiente y esperó a Neto con las manos en la mesa. Neto acabó con la tortilla, limpiando el recipiente hasta que quedó como nuevo, y le puso la tapa y se lo regresó. Bob metió los dos en la lonchera uno arriba del otro con los dos tenedores en la servilleta.
"¿Mañana?"
"Mañana no. El sábado y el lunes."
"Okay."
Bob se paró despacio, primero las manos en la mesa. Le tocó el hombro a Neto al pasar y se fue con la lonchera por la puerta de la cafetería. Neto se quedó sentado con las manos en la mesa un rato. Luego se paró y pasó junto a nuestra mesa. Uriel le ofreció un chicle de la bolsa y Neto dijo que no con la mano y subió a la nueve.
A las dos cincuenta y cinco Uriel recogió los vasos, los siete, y los llevó a la barra en dos viajes. Pagó las tortas en la barra de la bolsa de la camisa, contando. Emma no sacó la libreta. La bolsa de chicles la dejó en medio de la mesa y dijo que se la llevara quien quisiera, y la de las tres horas la agarró para sus hijos.
Agarré uno antes. Subí a la fila de atrás con el chicle en la boca y puse aux cero, y entró una señora de Ohio que quería cambiar a vainilla, y se la cambié.
↑ índiceCapítulo
El lunes a las dos y media Uriel no llegó a la mesa de en medio.
Esperé hasta las dos cuarenta y cinco con el vaso de agua. La de las tres horas me preguntó si no iba a comer y le dije que estaba esperando a alguien. A las dos cuarenta y cinco subí. En la nueve su lugar tenía la diadema en el gancho y la pantalla apagada. El de la gorra está en la nueve ahora. Me dijo que no había venido y que su jefe le había puesto falta.
El martes tampoco.
El martes a las once la de la seis de la mañana pasó por la fila de atrás. No es de nuestro turno. Se paró junto a mi silla y me preguntó si yo sabía algo de Uriel.
"No."
"Yo tampoco. A mí me tocaba el jueves."
Se fue a la seis.
El miércoles el súper bajó a las once con la de RH a la nueve. Se paró en la orilla de la nueve y dijo algo corto. La de RH abrió el fólder y sacó una hoja y se la dio al jefe de la nueve. El de la gorra vino a la fila de atrás en su break a decírmelo.
"Renunció el viernes. Eso dijo el súper. Que dejó su carta el viernes en RH y que ya."
"¿El viernes?"
"El viernes. Después del lonche. Yo comí con él el viernes."
Se regresó a la nueve.
A las dos bajamos a comer. Ese día no fue nada más la fila de atrás. Bajó la de la seis de la mañana en horas extra otra vez. Bajó el de la gorra. Bajaron dos de la diez que fueron de la doce. Bajó la de enfrente de la seis de la tarde, que no era de los abonos pero bajó. Bajó uno de intake que yo no conocía, con ojeras. Dijo que él era de la noche y que había venido a esa hora nada más por eso. Se sentaron en la mesa de en medio y en la de junto, juntando las dos, y nadie pidió torta. Emma se quedó en la barra viendo.
"A ver", dijo el de la gorra. "¿Cuántos somos?"
Empezaron a contar. El de la gorra dijo él y la de la seis. La de la seis dijo ella y la de junto a ella en la seis, que había pagado completo. Los de la diez dijeron ellos dos y otros dos de la doce que ya no estaban en la diez. Cuatro. El de intake dijo que en la noche eran seis, y dijo sus nombres, y nadie los conocía. La de enfrente dijo que en la seis de la tarde eran tres y que uno era la muchacha nueva, que había dado el enganche hacía dos semanas. Alguien dijo que en la nueve eran cinco contando a Uriel, y cuatro sin él. El de la gorra iba contando con los dedos. Cuando se le acabaron empezó a apuntar en una servilleta.
"Y tú", me dijo.
"Yo."
"¿Cuánto?"
"Dos mil ochocientos."
Lo apuntó. Fue apuntando lo de cada quien. La de la seis dos mil ochocientos completos. La de junto a ella completos. Los de la diez mil quinientos y mil, y los otros dos de la doce lo mismo que la muchacha nueva. Los de la noche no sabía. La muchacha nueva quinientos. El de la gorra dos mil trescientos. Sumó en la servilleta y se equivocó y volvió a sumar.
"Treinta. Somos treinta. Más o menos."
"¿Y de dinero?"
"No sé. Mucho."
La de la seis me preguntó si yo le había dado la blanca.
"Sí."
"Yo también. Y la de junto a mí. Y el de la gorra."
El de la gorra dijo que él sí, y que la de él tenía la pasta cambiada.
La de la seis preguntó si alguien tenía recibo. El de la gorra dijo que la libreta era de Uriel. Que la libreta azul era la de Uriel y que él nunca dio nada aparte. Los de la diez dijeron que a ellos les había enseñado la hoja pero que la hoja se la quedaba él. La de la seis dijo que ella tenía una foto de su hoja en el teléfono, de la vez que Uriel se la enseñó, y la buscó. Era una foto de la libreta abierta con su nombre y sus rayas, borrosa, con el dedo de Uriel en la orilla. La pasó por la mesa. Yo la vi. Se veía la raya de abajo, la del cero. Se la regresé.
"¿Se puede ir a RH?", dijo el de intake.
"¿RH de qué?", dijo el de la gorra.
"De esto."
"Esto no es de RH. Esto era entre nosotros y él."
"Pues alguien tiene su dirección."
"Su dirección la tiene RH y RH no la da."
"Pues por eso, ir a RH."
"RH de qué, te digo. ¿Qué les vas a decir? ¿Que le diste dinero a un compañero en la cafetería?"
El de intake dijo que él nada más preguntaba. La de la seis dijo que el compa de los sábados, el que armaba máquinas, y el de la gorra dijo que nadie sabía cómo se llamaba el compa ni dónde. La de enfrente dijo que a lo mejor sí llegaban las laptops y Uriel nada más había renunciado, y nadie le contestó. El de la diez dijo que Uriel vivía por la Insurgentes, por donde ahora pasa mi camión. Que no sabía la calle. Nadie sabía la calle. La muchacha nueva no había bajado. El de la gorra dobló la servilleta y se la guardó en la camisa.
Sonó la alarma de cola.
Es un pitido corto que sale de la caja de arriba de la copiadora cuando hay más de diez llamadas esperando, y se repite hasta que baja. Sonó dos veces. Todos vieron hacia el techo aunque desde la cafetería no se ve nada. El de la gorra dijo que eran las dos y veinte. Se pararon. Los de la diez primero y la de la seis con su silla, y los de intake y la de enfrente y la de las tres horas y los de retención, y yo. Subimos por la escalera de en medio en fila. En la fila de atrás me senté y me puse la diadema y puse aux cero, y la alarma dejó de sonar cuando se sentó el último.
Entró una señora de Texas que quería subir a silver y le faltaban dos puntos. Se lo dije. Dijo que entonces la otra quincena. Le dije have a wonderful day y esperé, y dijo you too.
A las seis el jefe de la fila de atrás pasó con su hoja y me la enseñó con el dedo. Cien. A las ocho pasé por la nueve. El lugar de Uriel tenía la diadema en el gancho todavía. Nadie se la había llevado en una caja.
En la parada de la Insurgentes iba la de las tres horas. Me preguntó cuánto había dado.
"Dos mil ochocientos."
Dijo que ella no había dado porque no le había alcanzado, y que qué bueno. Luego dijo que no. Que qué bueno no. Que perdón. Le dije que no pasaba nada. Se bajó en su bajada. El camión dio la vuelta por la Insurgentes y pasó por donde dijo el de la diez que vivía Uriel. Es largo, con muchas calles. Me bajé tres cuadras antes de donde me bajaba, y subí.
↑ índiceCapítulo
El lunes arrancó la cuenta de los viejitos.
Las setenta sillas de la sala grande se llenaron a las tres con gente nueva y con los de la noche, y desde la fila de atrás se oía por la escalera de en medio a alguien de arriba dando instrucciones en inglés con micrófono. A las once había una lista nueva en la puerta de RH. Decía SENIOR y la fecha y los nombres por fila, con el horario. En la lista estaban los del permiso. La muchacha nueva y yo. Turno de la tarde de la cuenta nueva a partir del lunes que entra. De una a diez. Sin descanso marcado todavía. A los de diecisiete no nos preguntan. Nos ponen.
La muchacha nueva estaba leyendo la lista cuando llegué. Le tomó una foto con el teléfono y se fue a la seis de la tarde.
A las once y cuarto subí al segundo piso. El súper estaba en su oficina con la puerta abierta y una caja de muestras destapada en el escritorio, con frascos chiquitos. Toqué en el marco. Levantó la cabeza.
"No vuelvo. Entro a Telvista el lunes."
Me vio un momento. Puso la tapa a la caja de muestras.
"Okay. Pasa a RH. Tu último día es el viernes."
"Okay."
"Diles que te hagan el finiquito con el fondo."
Bajé a RH. La de RH abrió mi fólder en el escritorio. Es el que tiene la copia del permiso y el acta y las otras hojas. Sacó un formato y lo llenó con mi nombre de sistema arriba y el completo abajo. Renuncia voluntaria. Fecha del último día. Me lo dio a firmar donde decía empleado. Firmé. Dijo que el finiquito caía el viernes a la tarjeta con el fondo y con los días de esta quincena y con lo proporcional. Que el recibo me lo daba el viernes en su puerta como todos los recibos. Que la diadema y el gafete se entregaban el viernes a las ocho. Metió el formato en el fólder y el fólder en el archivero.
"¿Copia?"
"El viernes con el recibo."
Bajé a la fila de atrás. Puse aux cero. Entró una señora de Ohio que quería cambiar de sabor. Le dije que con gusto y se lo cambié.
A mi mamá se lo dije el martes en la cocina, en el descanso. Que el viernes era el último y que el lunes entraba a Telvista, en la Otay, y que pagaban más. Dijo ah. Luego dijo que qué bueno. Me preguntó si ahí también había que llevar el permiso y le dije que sí, que el original. Puso el café.
El miércoles descansé. El jueves a las dos comí en la mesa de en medio con la fila de atrás. Kevin bajó a las dos y me compró la torta y la puso enfrente de mí y dijo eat, y comió la suya despacio con la servilleta en la pierna, y se fue primero con los dos platos. No le dije que el viernes era el último. No se lo dije a nadie de la mesa. Subí a la fila de atrás y tomé llamadas hasta las ocho.
El viernes a las seis de la mañana revisé la tarjeta en el cajero del OXXO del bulevar, antes de subirme al camión. Ya había caído. No saqué. La comisión de ahí es más.
A las once puse aux cero. Tomé llamadas. Una señora de Georgia que quería saber por qué el batido de vainilla sabía distinto al de la caja pasada, y le dije que la fórmula era la misma, y dijo que no, y le dije I understand. Un coach de Nevada que quería cancelar y lo pasé a retención, y le dije have a wonderful day antes de pasarlo, y esperé, y dijo you too. A las dos bajé a comer y a las tres subí. A las cuatro pasé a RH por el recibo.
La de RH me dio dos hojas. La primera era el recibo de la quincena como siempre. La segunda era el finiquito. Arriba dice el nombre de la empresa. Abajo dice el mío. Completo. Los dos apellidos. Bien escrito. Dice fecha de ingreso y de baja. Dice los días de esta quincena. Dice fondo, con la fecha de cuando entré y los catorce días. Dice vacaciones proporcionales. Dice aguinaldo proporcional. Dice IMSS y dice ISR, cada uno con su menos. Abajo dice neto. Lo leí completo. Lo leí otra vez desde arriba. La de RH esperó a que acabara con las manos en el escritorio.
"Firma de recibido. Ésta es tu copia."
Firmé. Doblé las dos hojas en cuatro y las metí en la bolsa de atrás con las otras. La bolsa ya no cerraba. Saqué la de abajo de todas para que cupieran las dos nuevas. Era la de la laptop negra impresa del internet. La volví a doblar y la traía en la mano cuando regresé a la fila. Al pasar por la copiadora la tiré en el bote, con los aux de la once.
A las seis el jefe de la fila de atrás pasó con su hoja y me la enseñó con el dedo. Cien. Dijo que el lunes ya no estaba en su hoja y que órale. Siguió.
A las ocho cerré el sistema con cero en cola. Él lo apuntó. Desconecté mi diadema, enrollé el cable y la puse en el gancho. Me quité el gafete azul. Los llevé a RH, que ya estaba cerrada. Los dejé en la charola de la puerta donde dice ENTREGAS con la diadema encima del gafete.
En la fila de atrás Neto estaba sentado en el lugar de la orilla que da a la pared, con la diadema puesta. Estaba en un doble. Venía del día y se quedaba a la noche. La noche ahora empieza a las ocho ahí mismo en la fila de atrás, porque intake se pasó a la nueve y la fila de atrás quedó para los viejitos de la noche. Tenía las dos manos en el escritorio. Estaba diciendo thank you for calling con la voz alta. No volteó. Bajé por la escalera de en medio.
Emma estaba en la puerta de la cafetería con la reja a la mitad y la libreta en la mano. Me estaba esperando.
"¿Ya cayó?"
"Sí."
"Vamos."
Caminó conmigo por el lobby hasta el cajero con la libreta abierta en mi hoja y el lápiz amarrado con el hilo. Metí la tarjeta. Puse el NIP. Puse retiro. El cajero preguntó lo de la comisión y puse que sí. Saqué quinientos. Uno de la diez pasó por atrás de nosotros hacia la puerta de vidrio, rápido, con la mochila en un hombro. Emma lo vio pasar y no le dijo nada, y siguió con el dedo en mi hoja.
"Sesenta y dos."
Le di uno de a cien. Me dio treinta y ocho contándolos en la palma. Le pasó una raya a los renglones, tres, con el mismo lápiz. Luego una raya cruzada a la hoja entera, y cerró la libreta.
"Ándale."
Se regresó a la cafetería con la libreta abajo del brazo y bajó la reja hasta el piso.
Por la reja se veía adentro. Emma se fue a la caja. En la mesa de la esquina de abajo del ventilador estaba Miss Ollie sola con un vaso de la máquina y su carpeta cerrada. Traía el suéter gris. Tenía los tres sobres de azúcar en la mesa sin abrir. Estaba viendo su teléfono y se reía de algo, con la mano en la boca y luego sin la mano. Le contestó a alguien con los dos pulgares y se volvió a reír más fuerte, y el señor de la puerta volteó desde el lobby. No me vio. Me quedé un momento en la reja y luego seguí al lobby.
El señor de la puerta me abrió. Le dije buenas noches y él también, y cerró con llave atrás de mí.
Desde la puerta de vidrio se oye el piso por la escalera de en medio. A esa hora la cuenta de los coaches ya cerró y lo que se oye es la de los viejitos, que empieza a las ocho. Se oyó una voz de la seis de la tarde. La de la orilla. La de la muchacha nueva. Alta, con el tono de que le daba gusto.
"Hi, is this Mrs. Delgado? This call may be monitored or recorded for quality assurance purposes. My name is Ashley, and I'll be happy to help you today."
↑ índice